Wednesday, January 23, 2008

Fin de una etapa

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Wednesday, December 19, 2007

Diario de una asesina enana (2)

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Sunday, December 16, 2007

Diario de una asesina enana (1)

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Thursday, December 13, 2007

Cola de caballo (y 2)

Nos mantuvimos en silencio unos instantes, hasta que se cortó de cuajo la insolencia del móvil.

         —No va a levantarse —dijo encendiendo un pitillo.

         —¿Perdón?

         —Jacinta. Para ella se acabaron todos los dramas.

         No encontré una respuesta apropiada, por lo que permanecí callada frente a la cama con dosel que cobijaba los despojos de aquella mujer que se había convertido en la Agustina de una causa perdida. Me pregunté, dejando vagar la mirada por el mosaico del suelo, en las veces que ésta habría hecho el amor allí mismo, sobre esa cama infinita, de puente románico tendido entre dos mundos. Jacinta, vestida de luto riguroso, cual matrona siciliana, permanecía con esa actitud de aparente ausencia que siempre tienen los muertos, con su cola de caballo asomando entre la petulancia de una almohada cuya blancura comenzaba a amarillear; lo mismo que su pelo, prisionero en la vulgaridad de una goma que ya no sujetará más que un olvido agusanado.

         —Tenía guardada la ropa de su mortaja desde hacía diez años, desde el mismo día en que murió mi padre.

         Era cierto, yo tomé nota de sus declaraciones cuando visité la barraca por primera vez, un septiembre frío y ventoso, la tarde en que a tan sólo unos metros, las excavadoras devoraban huertas y sueños.

         —A mí de aquí no me sacan más que con los pies por delante —había afirmado Jacinta, brava como un mihura, con los ojos y los carrillos encendidos.

         De pronto bandido lanzó un ladrido, lobezno y antipático. Quise acariciarlo pero el hombre me lo impidió.

         —A éste también se le ha acabado el chollo.

         Me fijé en su mandíbula, una máquina de hacer picadillo las intenciones, y en el pequeño lunar junto a su boca, y en sus labios finos y desdibujados, y en su cuello de columna jónica, tan tenso que contemplarlo provocaba escalofríos, como si de un momento a otro fuese a estallar convirtiendo la tosquedad primitiva del hombre en un humo pasajero y caribeño.

         —En el fondo ha tenido suerte. La muerte ha sido amable con ella.

         En la cabecera, un crucifijo invitaba a contar las penas una a una.

         Desde la ventana pude ver a la anciana coronada de algodón doméstico. Continuaba con su llanto, monótono y cansino; fuera, en mitad de una tierra condenada a una modernidad de pega, donde con total impudicia un neón infatigable se encarga de anunciar nuestra estupidez.

         Me despedí del hombre y salí de la barraca con prisa, como si la vida estuviera pellizcando mis nalgas. Ya en el interior del coche, pensé en ese conjunto veraniego que guardaba en el armario, hacía ya dos años, desde el mismo día en que decidí morirme.

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Wednesday, December 12, 2007

Cola de caballo (1)

            Se descomponía la tarde pedazo a pedazo, como la manzana abandonada en el alféizar de una ventana. Me sudaban las manos y el cuello, y hacía rato que vagaba con el rumbo extraviado por aquella huerta microscópica en cuyo centro se erigía una barraca, de esas que en las novelas dan cobijo a historias horripilantes. No ha mucho me habían comunicado la muerte de su inquilina, una tal Jacinta, hembra de boca suelta y cadera estrecha, guapa como ninguna y rencorosa hasta la médula. Yo estaba allí para cerciorarme de que en efecto, la de la cola de caballo, como solían llamarla los pocos vecinos que se mantenían al pie del cañón, había dado el último suspiro. Un campo de limoneros altivos por el que ya había pasado tres veces sirvió de aparcamiento improvisado para mi seat panda.

            En la puerta, pintada de un llamativo color verde, gimoteaba una vieja. Sobre su cabellera, cana y crespa, se sostenía a duras penas un pañuelo con las puntas ligeramente retorcidas. Tenía la mirada oscura y tan lejana que sus pupilas parecían estar observándote desde el faro de Alejandría. No se inmutó ante mi presencia. Se limitó a alzar los brazos y manosear las puntas de su pañuelo, como si con ese gesto estuviera ajustando la sintonía de su dolor. Golpeé con los nudillos pero no obtuve respuesta, entonces empujé la puerta despacio, igual que si estuviese quitándome de encima a un pariente. De pronto un frío pirenaico me dio la bienvenida. Olía a romero y a paella, a tomates pelados y a colonia de lavanda. Un silencio sospechoso reinaba en el hogar, huérfano ahora de cariño. No sabía qué hacer. Estuve largo rato clavada a las baldosas del suelo, un mosaico de otro tiempo, sucio y descolorido, un pedacito de alegría marchita que me recordó todo aquello que jamás llegaría a poseer. Justo cuando comenzaba a desesperar escuché una voz, imperativa y ardiente, de úlcera de estómago.

            —Tuerza a la derecha y camine de frente. Tenga cuidado con las cajas y evite al perro; no muerde pero ladra como un condenado. Estoy hasta los cojones del perro —escupió.

            No dudé en seguir sus instrucciones. El perro, que respondía al nombre de bandido, era un caniche amarillento, de dentadura escasa y andares renqueantes, como si viniera de haber atravesado el desierto del Gobi. Ladraba sí, pero con un cansancio de siglos, sentado sobre sus patas traseras, con el rabo en continuo movimiento mientras una mosca rondaba incesante su cabeza achatada.

         Jacinta se encontraba al fondo, en una alcoba de dimensiones gigantescas, un pequeño palacete levantino que amenazaba ruina y olvido.

         —Mañana esto será un centro comercial o una supermercado para merluzos —la voz volvió a destapar su rotundidad.

         Era un hombre de una fealdad conmovedora, de estatura media y espaldas anchas, de esas que acostumbran a cargar patatas y desdichas.

         —Se preguntará quién coño soy.

         —¿Su hijo, tal vez? —me atreví a decir con una timidez mayúscula.

         El extraño sonrió para dentro, con esa alegría íntima que se guarda en las entrañas.

         —Veo que tiene usted buen ojo.

         —Es lo normal en estos casos —dije deshaciéndome de bandido.

         El hombre sacudió la cabeza contrariado.

         —Supongo que sí —hizo una pausa y se incorporó, no sin antes echar un vistazo al cadáver de Jacinta.

         —¿La mandan los de la constructora o los del ayuntamiento? Porque si es así, ha hecho usted el viaje en balde. Mi respuesta sigue siendo la misma: que le den morcilla a todos.

         —Soy periodista —susurré.

         —Acabáramos.

         El sonido inoportuno y festivo de un móvil hizo añicos el duelo.

         —Ya estuvieron aquí los de la prensa y se pusieron las botas haciendo fotos. A mi madre le gustaba mucho que la retrataran, de esa forma se sentía importante.

         Hice un amago de acercarme a Jacinta. El móvil continuaba sonando en el interior del bolsillo del hombre.

         —¿No va a cogerlo?

         —Sea lo que sea puede esperar. Para mí los muertos tienen prioridad en la vida. Ya tendremos tiempo de sepultar después su memoria.

         La melodía ahora se hacía más apremiante, como si estuviera acelerando las notas. Sentí ganas de abalanzarme contra el hombre y apoderarme de su teléfono. Debió notar mi impaciencia porque me miró divertido, con esa languidez del que nada espera.

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Thursday, December 6, 2007

El ojo del burro

Burro fotografiado por Ubé en la subida al Ibón de Piedrafita (6/12/2007)

No hay prisa,
el sol calienta las
espaldas, la hermosura
de la montaña duele.

Pero no hay prisa.

Por la línea del
horizonte asoman
las orejas de un burro.
Ya lo he dicho,
no hay prisa.

Las condesas Monda y Lironda con algunos de sus súbditos.


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Monday, December 3, 2007

Un tratado intratable


“Un tratado intratable”, obra de Ubé

—Señores compórtense por favor —pidió una voz chiquita—. Se trata de un acuerdo. Es necesario que lleguemos de inmediato a un acuerdo. De no ser así nuestra sociedad corre un grave peligro —volvió a decir aquella voz que parecía salir de una aceituna.

Los hombres de las pajaritas amarillas dejaron su escaramuza a un lado y se giraron sincronizados hacia el hombre de la voz chiquita.

—Señor Braulio —dijo un caballero al fondo—. Es imposible que estos caballeros entre los que debo incluirme lleguen a un acuerdo. Se trata de un trato intratable —afirmó soltando pequeñas gotas de saliva.

El resto de caballeros por primera vez en toda la mañana estuvieron de acuerdo con la exposición del caballero acalorado del fondo.

—¡Intolerable! —gritó uno.

—¡Inaudito! —apostilló otro.

—¡Imposible! —se reafirmó otro aún.

—¡Impensable! —dijeron a coro tres caballeros de mediana edad.

—Señores, por favor, compórtense —volvió a pedir el de la voz chiquita abriéndose paso entre el barullo de los caballeros de las pajaritas amarillas—. Están ustedes incurriendo en una grave falta contra las normas de nuestra sociedad. Su cabezonería es francamente injustificable, señores; su negativa poco tiene que ver con la razón, mucho menos con la sensatez. Les ruego que mediten sobre su postura y rectifiquen ahora que están a tiempo —y su voz pequeña creció un par de centímetros a lo ancho.

Murmullos de indignación surgieron de las gargantas atenazadas por las pajaritas amarillas que, inopinadamente, se propagaron por la sala de reuniones de la sociedad M.

El caballero del fondo sonrió suavemente. Tenía una sonrisa acariciadora, de esas que dan ganas de tocar para cerciorarse de su existencia.

—Señor Braulio —comenzó a decir con benevolencia—, no estamos aquí para acatar las normas de la sociedad ciegamente. Como usted comprenderá en cualquier momento podemos abrazar nuestros derechos. Y entre los muchos derechos que esta insigne sociedad proporciona a sus socios está naturalmente la de mostrar desacuerdo.

—¡Es intolerable! —se escuchó.

—¡Inaudito!

—¡Imposible!

—¡Impensable!

—Señores, déjenme hacerles una pregunta —la voz chiquita iba creciendo y creciendo hasta alcanzar una estatura socialmente aceptable—. ¿Se han leído ustedes el tratado?

Los rostros de los caballeros de las pajaritas amarillas se contrajeron. Así, sumidos en un profundo silencio, adoptaron automáticamente posturas que invitaban a la reflexión desde sus cómodos sillones; unos enarcaban las cejas, otros arrugaban en ceño, los más atrevidos se mesaban los cabellos, circunspectos.

Como nadie respondía la pregunta del señor Braulio dieron por concluida la asamblea.

El tratado se aprobó por mayoría aunque pasaron muchos años hasta que los caballeros de las pajaritas amarillas se decidieran a leerlo, justo cuando comenzaba a perder su vigencia.

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Saturday, December 1, 2007

El Papa Luna brilla en el Vaticano

Sorprendentemente la novela “Benedicto XIII, el papa Luna: El hombre que fue piedra” ha llegado a manos de Su Santidad Benedicto XVI. Tras su entusiasta lectura (lo que le llevó a cancelar su cita con la Duquesa de Alba y otros grandes de España), ha decidido no sólo regalar un ejemplar de esta obra a cada uno de sus cardenales, sino además, iniciar el proceso de devolución de la dignidad papal a su antecesor, Benedicto XIII.

El primer paso y el más significativo ha sido el cambio inmediato de su propio nombre pasando a llamarse desde ahora Benedicto XVII. Ha sido tal el fervor que ha suscitado en el Sumo Pontífice el descubrimiento de este insigne personaje gracias a esta obra literaria, que se ha propuesto visitar en breve el pueblo que le vio nacer, Illueca, así como conocer personalmente a la autora de la novela, Angélica Morales.

(Agencia UVE)

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Saturday, November 17, 2007

La vocación

 


Tenía mucha vocación, muchísima. Por encima de todo estaba mi vocación. Ya de niña quería ser monja, pero una monja buena, no de esas con bigote y barba, una monja juvenil como Rocío Dúrcal, atractiva, con dotes de canto y fijación por las causas perdidas. Me apasionaban las películas monjiles: sonrisas y lágrimas, sor citröen. Pensaba en las ventajas de ejercer la profesión, comida gratuita, siestas a media tarde en el refectorio mientras las hermanas rezaban el rosario, sueldo de por vida, habitación individual con vistas al patio, un ropero que no pasa de moda, en fin esas pequeñas cosas que hacen que te redimas de tu vida anterior y te entregues a los deseos del señor. Claro que ahí no especificaban de qué tipo de señor, por lo tanto una podía esperar, obedecer a un señor estupendo, de esos altos, fornidos, atractivos con una cuenta bancaria en Suiza, y muchas ganas de no pegar ni golpe. Y ahí es cuando yo medito, rosario en mano y me doy cuenta de que mi naturaleza sibilina, de Eva mordedora de manzanas me está jugando una mala pasada. Entonces cojo el flagelo de la hermana Angustias y me doy unos azotes en la espalda, suavecitos porque de momento sólo he pecado de pensamiento, la obra me queda lejos, bueno tampoco excesivamente lejos porque precisamente enfrente del convento tenemos unos albañiles muy varoniles que están todo el santo día con el torso al aire y sin dejar de sudar por esas axilas peludas. Si digo esto no es porque los espíe a través de las celosías, no por dios, pero por las mañanas cuando salimos la hermana Calvario y yo a pedir unas limosnas al Corte Inglés nos los encontramos en plena faena y algunos incluso nos silban y nos gritan barbaridades. Yo me pongo hueca, se me infla el pecho y camino con paso firme, orgullosa de mi condición, monjil pero femenina; sin embargo a la hermana Calvario se le corta la respiración y parece que se ahoga. Yo la comprendo, la cosa no es para menos porque sentirse piropeada a los ochenta y siete años tiene sus riesgos. Se me aferra al brazo y aprieta el paso, paso de monja, que es buenísimo, como si estuvieras haciendo un maratón, pasitos cortos y coreografiados. En un santiamén llegamos a la otra punta de la ciudad, con un flato angelical que nos recuerda nuestra condición de sufridoras. En eso la hermana Calvario tiene experiencia, siempre ha padecido de flato, pero enseguida se detiene en un semáforo, alza los ojos al cielo, musita una plegaria y se tira sus ventosidades. Amén, digo yo, arrugando la nariz. Y es que por muy benditos que sean los pedos de la hermana Calvario no hay cristiano que los soporte. No nos demoramos mucho en regresar al convento y clausurarnos, después de vaciar la hucha por el camino y depositar los restos encima de la mesa de la madre superiora, que se hace llamar madre excelsa. Pese a regentar el poder , la madre excelsa, a la que en confianza nos referimos como a la madre que la parió, es una mujer de muy buen ver, es la única que no es miope y aunque metomentodo y cotilla , de vez en cuando se estira y nos deja hacer una misa baturra o rociera. Ahí es cuando yo despliego todo mi talento. Soy consciente de que destacar en una congregación en la que está mal visto destacar, tiene sus desventajas, y la envidia, que es mucha, se mitiga a base de padres nuestros y latigazos al bajo vientre, que es de donde parten todos las males del mundo. En fin, una vida como otra cualquiera, con sus más y sus menos y sus partidos por la mitad. Ahora estamos trabajando en el lanzamiento de nuestro nuevo disco, un CD patrocinado por la santa sede y cuyos beneficios irán destinados a la santa sede, por eso de que todo queda en casa. Estoy entusiasmada con la gira, que promete ser larga y agotadora, por todos los conventos de clausura y algunos que se clausurarán tras nuestro paso. Las canciones las he compuesto yo misma, con ayuda de la hermana Calvario que hace los coros, que son muy bonitos y expresivos y dicen así: Ay dios mío, ay dios mío, ay dios mío… mientras la hermana Angustias la golpea con el cilicio, para darle más realismo. El resto de hermanas se están dedicando a la descomposición musical; sí, he dicho descomposición porque somos de la opinión de que todo se corrompe, así pues la música no iba a ser menos. De la coreografía se encargará la excelsa madre, ha dicho que iba a ser algo sencillo sin grandes acrobacias, pero llevamos tres días de ensayos y ya tenemos cinco bajas. Las bajas resisten poco, motivo por el cual pondremos a las más altas a partirse el alma. Habíamos barajado la posibilidad de que un diseñador internacional nos confeccionara el vestuario, pero después de revisar nuestro estado de cuentas, mejor nos quedamos con nuestros malos hábitos a los que si es menester no dudaremos en acoplar volantes y lentejuelas, muy del gusto papal, que nos ha dado bula y hasta nos perdona de antemano el resto de pecados ordinarios. Si soy sincera creo que he encontrado en la fe un camino coronado de éxitos .Ya lo dijo no sé quien en algún concilio: el que cree, pues eso y el que no, pues también. Ahora tengo que dejarles porque me reclaman las hermanas. Y pensar que yo soy hija única. Esto sí que es tener fe en los milagros. Ya me lo dijo mi padre: “Tu madre me la pega con todo quisque”. Y es que las hijas de Eva somos así, casquivanas pero cristianas, y que una cosas no quita la otra.

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Wednesday, November 7, 2007

El cadáver

 

“El cadáver”, obra de Ubé

Le cerró los ojos y le vistió con su mejor traje, después se fue a la cocina dejándolo solo, para prepararse algo de comer. La última frase que le dijo fue “quiero que te vayas de aquí”. Antonio era un hombre obediente, así que dando un largo y hondo suspiro se marchó de la casa de la calle del consuelo dejando su cadáver de hombre complaciente. Cuando regresó al salón le susurró al oído: “Quiero que te quedes”. Han pasado dos años. Antonio continúa allí, quietecito en el sofá con su traje de domingo. Ya no hay muertos que se quedan.

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