La llegada
Le gustaba a rabiar, casi tanto como las torrijas que hacía su madre los domingos, bien fritas pero jugosas por dentro, con esa canela que se derretía en la boca al masticarla. Más que el helado de fresa y chocolate, una combinación perfecta y afrodisíaca que se permitía al inicio de cada verano, y que saboreaba sentada en el parque con las piernas muy juntas y el bolso en su regazo para no tener que pasar la vergüenza de caminar dando chupadas a aquellas bolas inmensas; mucho más que subir en bicicleta las cuestas de su pueblo empinadas y sin asfaltar, derrapando apropósito para amedrentar a alguna anciana que se atravesaba a paso lento en su camino, más incluso que no hacer nada las tardes de invierno excepto estar tumbada en el sofá, medio adormilada asistiendo impávida a la oscuridad prematura de las tardes, más, mucho más, le gustaba hasta el infinito. Por eso no lo dudó, cuando Pablo salió del coche se acercó con sigilo, sacó la pistola del bolso y le disparó.
Odio las cosas que me gustan con desmedida.
Y se marchó a casa a comer torrijas.
