El bolígrafo azul

“El otro”, obra de Ubé
Tiene el color de la sangre de pega, mayestática,
y resbala dulcemente por el papel que sostengo entre mis dedos,
como un lienzo diminuto secado al sol.
Si lo aferro me huye
pues gusta de indisciplinarse y alborotar los alfabetos.
No me pertenece.
No me sirve, pero me acompaña,
se hace siesta en las madrugadas y amante al mediodía.
Huele a viejo, a ungüento para las muelas,
a regaliz con agua en bocas desérticas,
a cuento y fábula asiria.
Él es yo menudo, mientras algo en mí se extravía.
Me usurpa la conciencia y redacta mis manías.
Escupe historiado,
se desangra exquisito.
Se lamenta en negro y algunas noches se accidenta.
Es posible que acabe olvidado en un bolsillo,
en una mirada, en una cicatriz invisible.
Y que expire, y que resople, y que jure en hebreo
y dé cabezadas en ruso.
Es más que probable que muera entre líneas rojas,
sofocantes, sangre corriente que nos sacude siempre.