El mejor de los estados

Se encontraba en plena forma. Había realizado la tanda de flexiones sin resoplar, rechazando hacer un descanso entre las superiores y las inferiores, mordiéndose los labios para no dejar escapar los quejidos que su cerebro, mucho más rebelde y perezoso, le dictaba desde su interior. Tampoco hizo caso a los comentarios jocosos que intercambiaban sus compañeros y que se referían a él. Había decidido que nada ni nadie interferiría en su decisión de perder los michelines que se marcaban a través de su camiseta blanca e inmaculada, recién planchada, que Lamberto exhibía cada miércoles, de cinco a siete, con el emblema de su empresa: “Persianas Lamberto”. Miró el reloj desde el suelo, tumbado en la colchoneta, elevándose entre flexión y flexión para cerciorarse de que quedaban exactamente quince minutos para que aquel tormento semanal cesara.
—Venga Lamberto, que ya queda poco hombre , no te rindas —le gritó el monitor.
Hubiera querido decirle que ya no podía ni con su alma, que la vista se le nublaba por el sudor y que comenzaba a no sentir la tripa, de maltrecha que la tenía. Y es que cada vez que Lamberto realizaba una flexión notaba una punzada en el bajo vientre, como una inyección que le anestesiaba el resto del cuerpo, dejándole los brazos rígidos alrededor del cuello, dormidos, unos brazos que parecían no pertenecerle, que le rogaban piadosamente volver a su estado natural, a ese dejadez tan suya.
—¡Y veinte más! —repitió el monitor.
“El tiempo es traicionero”, pensó, “pasa fugaz cuando queremos retenerlo y se eterniza al desear que concluya”.
Hizo un último esfuerzo, subió el tronco hasta la mitad y soltó el aire que no tenía. Entonces el mundo comenzó a darle vueltas, el reloj, la colchoneta, sus compañeros, todo parecía volar a su alrededor mientras él permanecía tumbado en una posición incomodísima, echo un ovillo, el cuello hundido, las piernas a medio subir, los codos metidos hacia adentro. Acababa de sufrir un infarto, justo cuando le faltaban tres abdominales para finalizar la tabla.
“No hay derecho”, pensó, “morirme precisamente ahora que empezaba a estar como una sílfide”











