Sunday, July 29, 2007

El mejor de los estados

 

Sin título. Collage de Ubé

Se encontraba en plena forma. Había realizado la tanda de flexiones sin resoplar, rechazando hacer un descanso entre las superiores y las inferiores, mordiéndose los labios para no dejar escapar los quejidos que su cerebro, mucho más rebelde y perezoso, le dictaba desde su interior. Tampoco hizo caso a los comentarios jocosos que intercambiaban sus compañeros y que se referían a él. Había decidido que nada ni nadie interferiría en su decisión de perder los michelines que se marcaban a través de su camiseta blanca e inmaculada, recién planchada, que Lamberto exhibía cada miércoles, de cinco a siete, con el emblema de su empresa: “Persianas Lamberto”. Miró el reloj desde el suelo, tumbado en la colchoneta, elevándose entre flexión y flexión para cerciorarse de que quedaban exactamente quince minutos para que aquel tormento semanal cesara.

Venga Lamberto, que ya queda poco hombre , no te rindas le gritó el monitor.

Hubiera querido decirle que ya no podía ni con su alma, que la vista se le nublaba por el sudor y que comenzaba a no sentir la tripa, de maltrecha que la tenía. Y es que cada vez que Lamberto realizaba una flexión notaba una punzada en el bajo vientre, como una inyección que le anestesiaba el resto del cuerpo, dejándole los brazos rígidos alrededor del cuello, dormidos, unos brazos que parecían no pertenecerle, que le rogaban piadosamente volver a su estado natural, a ese dejadez tan suya.

—¡Y veinte más! —repitió el monitor.

“El tiempo es traicionero”, pensó, “pasa fugaz cuando queremos retenerlo y se eterniza al desear que concluya”.

Hizo un último esfuerzo, subió el tronco hasta la mitad y soltó el aire que no tenía. Entonces el mundo comenzó a darle vueltas, el reloj, la colchoneta, sus compañeros, todo parecía volar a su alrededor mientras él permanecía tumbado en una posición incomodísima, echo un ovillo, el cuello hundido, las piernas a medio subir, los codos metidos hacia adentro. Acababa de sufrir un infarto, justo cuando le faltaban tres abdominales para finalizar la tabla.

No hay derecho”, pensó, “morirme precisamente ahora que empezaba a estar como una sílfide”

 

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Thursday, July 26, 2007

Postal en color sepia

 

“Apolonia”, collage de Ubé 

Cuando se marchó se llevó a la espalda el peso de todas las conciencias. Ni siquiera se dignó a mirar hacia atrás donde yo ingenuamente me había quedado aguardando su respuesta. Ninguna palabra de consuelo escupieron sus labios, ningún reproche agrio vino a templar mi cuerpo. Nada excepto el silencio se acomodó a mi lado, dándole un pisotón a mi orgullo, como uno de esos bailarines torpes que danzan en los salones encerados de palacios que sólo tienen cabida en nuestra imaginación. No la culpo, por eso la dejé ir, hermosa y sucia, con mis besos todavía impresos en su piel de lija, de mujer a vuelta de todas las caricias. Prendí un cigarrillo y aspiré el humo despacio, igual que si mi garganta se hubiera convertido de súbito en un chimenea tapiada a la emoción Me había dejado en el pellejo, sí señor, en los mismísimos huesos con los que nací ayer cuando aún estaba abierto a la vida y era dueño de una carne altanera. No hay pecado que no pueda cogerse del talle, pensé, ni Eva que no eche a perder un sinfín de paraísos. Al mirar al frente me topé con el vacío. Había una niebla densa, el aliento de un dragón que ahora tenía nombre: Apolonia.

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Monday, July 23, 2007

La madurez de Merceditas

 

 

 

Merceditas era una chica la mar de sencilla. Apenas le gustaba llamar la atención, en realidad no le gustaba llamar nada, ni siquiera a los taxis cuando iba caminando por la interminable avenida a altas horas de la madrugada. Si acudía a una fiesta se colocaba en un rincón, al lado del ficus, con el que mantenía una interesantísima conversación:

Qué verde te veo, amigo mío; se nota que haces fenomenal la fotosíntesis…

O:

Qué alicaído estás, viejo, con la llegada del otoño.

Todo eso lo decía Merceditas en un tono de lo más intelectual.

Pasaron los años y Merceditas dejó de ser la mar de sencilla para convertirse en una mujer complicadísima y con una agenda social repleta de fiestas aburridas a las que tenía la obligación de asistir. Dejó de pasar desapercibida. Lo primero que hizo fue teñirse el pelo de rojo y reír con estrépito a la menor ocasión, como solían hacer las mujeres en edad madura, empinar el codo los sábados y fumar sin descanso cigarrillos de importación en los que podía leerse con mayúsculas que fumar te llevaba sin remedio al campo santo. Nada importaba ahora que había alcanzado la madurez y se había convertido en una mujer de su tiempo, aburrida, complicada e indiscreta. En las fiestas ya no buscaba la compañía silenciosa del ficus, prefería pasearse con descaro entre los invitados, besuqueándolos sin venir a cuento y elevando la voz para llamar la atención de la concurrencia. Fue en uno de aquellos gritos dónde Merceditas creyó encontrar el amor. Se trataba de un hombre aburrido, complicado e indiscreto como ella, un ser maduro y actual que fumaba sin cesar cigarrillos de importación.

Hola Merceditas, chata. Qué verde te veo, se nota que haces fenomenal la fotosistesis le dijo el galán.

Merceditas se ruborizó, quiso devolverle el cumplido pero no encontró palabras, así que le dijo lo primero que le vino a la mente:

Yo en cambio te veo alicaído, será la llegada del otoño…

Y se alejó del ficus clavando los tacones en el suelo, con fuerza, mientras hacia aspavientos que reclamaban la atención de unos invitados que no estaban. En la avenida un taxi se detuvo a su lado.

— Lléveme a la Cochinchina le dijo Merceditas.

Y se acurrucó en el asiento con la sencillez de otro tiempo.

 

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Sunday, July 22, 2007

El perfil de un jamón (y 3)

     

      —Estás como una cerda —le dijo su mejor amiga—, tienes demasiada chicha, asúmelo. Los hombres las prefieren en los huesos ¿qué no has visto nunca la tele?

        Maripi se entristecía con los comentarios crueles de Paquita, y eso le daba un hambre feroz. Caminaba hacia la cocina y vaciaba la nevera, llegó a comerse la comida que Fuensanta metía en los tupperwares para bajársela a los cerdos. Sólo encontraba consuelo masticando; mientras su tripa se iba hinchando, su cara se redondeaba, sus mejillas se encendían, sus brazos colgaban y sus piernas se rellenaban de tocino. Tan apagada la vio el señor Serrano que haciendo caso a la hermana puerca de Maripi, ideó una estrategia que beneficiaría tanto a la empresa como a su hija.

        —Ya es hora de que los jamones Serrano-Bueno se conozcan en el mundo entero.

        —¿Qué quieres decir querido? —le preguntó su esposa saliendo del baño con la cara embadurnada de barro.

        —Exactamente lo que has oído. Voy a tirar la granja por la ventana y a contratar al mejor publicista de la ciudad. Vamos a hacer el anuncio del milenio, después de esto nos lloverán las ofertas y la niña se hará famosa.

        Fuensanta Bueno se encogió de hombros. Le dio a su marido un beso en el morro y roncó hasta el amanecer.

        La ocurrencia de Pascual Serrano fue todo un éxito. Hermenegildo Perales, productor, director y guionista de la campaña, elaboró un spot publicitario que causó sensación. Cada vez que se emitía por televisión los índices de audiencia saltaban, se llegó a proyectar en la gran pantalla. Muchos espectadores acudían al cine tan sólo para ver en tres dimensiones el cuerpo rollizo de Maripi, que lucía espléndida en sus lorzas, mostrando de forma provocativa sus muslos, unos muslos que daban ganas de morder, por apetitosos. Pronto Maripi se convirtió en un modelo a seguir. Puso los kilos de moda y en las pasarelas las mujeres desfilaban haciendo mover sus carnes. En los restaurantes se sustituyeron las ensaladas y los yogures bajos en calorías por platos de embutido y tarta agridulce de callos. La empresa Serrano-Bueno inauguró sucursales en Europa y América Latina. Su eslogan estaba por todas partes: “Jamones Pascual Serrano, porque lo Bueno está en casa”.

      Así fue como los hombres dejaron de comportarse como cerdos y los cerdos volvieron a ser cerdos.

     C’ est la vie! —exclamó Maripi la cerda antes de ser pasada a cuchillo.

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Saturday, July 21, 2007

El perfil de un jamón (2)

 

 

      El resto del clan, me refiero a la señora Fuensanta y a su benjamina, respondían orgullosas al apodo de “Las porquis”. Maripi acababa de cumplir 18 años y lucía unos hermosos 99 kilos. El día de su mayoría de edad su padre estaba atendiendo al parto de una cerda muy prolífica. Se alegró tanto del alumbramiento del animal que puso a su cerda el nombre de la hija. Maripi la una, Maripi, la otra. La fiesta que se celebró en el patio del secadero contó además de con la asistencia de vecinos y autoridades, con la presencia de los cochinos en pleno. Pascual mandó construir una valla y soltó a sus bien amados cerdos. Pronto los hombres se convirtieron en puercos y los puercos en hombres. Metían los hocicos en las copas de mistela, masticaban las ensaladas y lamían las salsas de los platos. Con una destreza y un saber hacer que dejaron a más de uno con la boca abierta.

      —Tiene usted unos cerdos muy educados señor Serrano.

      —Así es alcalde, no puedo decir lo mismo de sus concejales.

        Entonces el alcalde se dio la vuelta y fue testigo de un demencial espectáculo. El candidato que figuraba en la lista como el número uno para las próximas elecciones se había abalanzado hacia un plato de callos, renunciando al uso de los cubiertos, metió los dedos en la tortera de barro y comenzó a ingerirlos con avaricia, mientras el caldo resbalaba por su barbilla; después, tirándola a un lado, le arrebató a uno de los cerdos una bandeja con pimientos de piquillo rellenos con bacalao y se metió tres seguidos, tragándoselos sin masticar, lanzando un eructo largo y sonoro. Pero no era el único de los allí presentes que se comportaba de una manera poco decorosa, las damas hablaban enseñando los trocitos de carne que hacían dar vueltas en sus carrillos, se limpiaban en sus vestidos de fiesta, se reían dando cabezazos, palmeándose las piernas; de sus moños colgaban restos de peladuras de naranja y algún que otro guisante. Tan sólo la señora Fuensanta y su hija permanecieron en su sitio, alternando con los cerdos y huyendo de los hombres, que lo estaban poniendo todo perdido.

Maripi, en plena crisis de la adolescencia, solía sentarse en un rincón llevándose a la cerda Maripi con ella. Tenía que contarle que se había enamorado de un representante de chorizos, muy dicharachero y con planta de torero. Maripi la cerda, se frotaba las pezuñas cuando le relataba sus encuentros amorosos porque aunque ella ya estaba para pocos trotes, seguía teniendo los mejores jamones de la granja.

        —Algún día yo tendré unos jamones tan ricos como los tuyos —le dijo Maripi Serrano.

        A su madre le disgustaba el hecho de que su única hija se negara a seguir con la tradición familiar y en vez de dedicarse en cuerpo y alma al negocio jamonero, pensara en marcharse a probar fortuna como vedette de revista. Maripi soñaba con lucir su cuerpo serrano en los escenarios, pero aquellas chicas que coleccionaban amantes y atesoraban joyas no pesaban 99 kilos.

 

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Friday, July 20, 2007

El perfil de un jamón (1)

 

 

 

Pascual Serrano tenía una granja de cerdos y un secadero de jamones, una mujer que se llamaba Fuensanta Bueno y una hija en edad casadera. Se levantaba al amanecer y después de asearse lo justo, es decir, quitarse las legañas con el dedo índice, rasurarse la barba con una maquinilla vieja y engominar su pelo, se sentaba a la mesa y con gran apetito devoraba los huevos revueltos y las tajadas que su esposa le ponía en el plato. Después, con el mono blanco de trabajo que tenía bordado en el bolsillo izquierdo sus iniciales, bajaba a las porquerizas y le daba los buenos días a sus cochinos. Y aunque todos parecían iguales, Pascual sabía diferenciarlos.

—Hola Margarita —decía acercándose a la cerda más vieja—, ¿cómo te has levantado hoy? Estate quieto, Pedrito —le advertía al macho que se acercaba con la intención de montar a Margarita.

Enumerarlos uno a uno, sería imposible. En la granja del señor Serrano había más de doscientos cerdos. Y su destino, como bien habréis podido imaginar, era el de acabar colgados de la pernera en el secadero que se situaba justo enfrente, al lado del domicilio familiar. Los jamones Serrano-Bueno, así se denominaba la empresa, tenían fama por la calidad y el buen gusto de sus productos. No era lo mismo llevarse a la boca un pedazo de jamón de los Serrano que uno de esos jamoncitos que se exhibían en los supermercados. El secreto estaba en el cariño con el que Pascual cuidaba a sus cerdos.

—Es importantísimo tratarlos como si fueran de la familia —le decía a “El tripas”, un charcutero del pueblo que vendía sus embutidos—. Nunca les he dado pienso, no señor. Comen lo mismo que como yo, y lo mismo que come mi hija. Por muy cerdos que parezcan, son entrañables. Los quiero como si fueran carne de mi carne. Además Tripas, entre tú y yo —y se acercaba de forma confidencial, cogiendo a su amigo del hombro—. Yo con mis cerdos mantengo una relación de amistad. Sí, de amistad. Ellos saben cosas que nadie sabe —el tripas lo miraba con extrañeza, meneaba la cabeza lentamente y se encendía un cigarrillo.

—Si tú lo dices —respondía soltando el humo.

—Lo digo y lo afirmo, hay hombres que son como cerdos y cerdos que son como hombres.

Ante la sentencia filosófica de Pascual, El tripas callaba, pero en el fondo el charcutero pensaba que algo de razón tenía aquel señor porque si lo mirabas con detenimiento, su aspecto, sus andares, su nariz de orificios grandes, sus orejas desmesuradas, sus labios gruesos y descolgados, su pelo ralo y puntiagudo e incluso la forma en que sorbía los mocos lanzando una especie de ronquido, lo hacían igualito a sus cerdos. Sí, Pascual Serrano era la viva estampa de un puerco y no sólo por la apariencia caricaturesca sino porque era poco aficionado al agua y si se te acercaba mucho, soltaba un tufillo que te echaba para atrás.

 

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Wednesday, July 18, 2007

La Fe

La Fe y yo somos muy buenas amigas. Tomamos té chino los domingos y bollos suizos los lunes. Ella está harta de la admiración que despierta porque su casa siempre está llena de feligreses que lo dejan todo perdido con sus oraciones y sus penitencias. Un día Fe hizo sus maletas y se marchó dejándome una nota que decía: “No aguanto más la presión católica, apostólica, política y folklórica”. Estoy de acuerdo, a la Fe hay que dejarla descansar. Hoy me ha escrito desde el caribe, dice que se está perdiendo. Yo tengo fe en que no regrese.
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Wednesday, July 11, 2007

El tren de la bruja

Un ticket y medio a cambio de un globo azul para lucirlo en el tren de la bruja, con una sonrisa ñoña en los labios,

como cuando recién cumplí los diez y el algodón dulce sabía a pedacito de cielo, a fiesta de guardar.

Hoy más me valdría poner pies en polvorosa en vez de asentar mis posaderas en el trenecito de la bruja,

porque las brujas ya no existen, ahora son suegras o vecinas o payasos eslavos con cadena de oro al cuello,

perros de los días de jarana, pobres hombres dormidos a la alegría que golpean sin fuerza sobre cogotes hueros

con escobillas de váter, y arrojan agua destilada de sorpresa sobre rostros aburridos.

Tren que avanza en círculos concéntricos,

ombligos pelmazos a dos euros la paliza.

 

(He aquí a la culpable de mis moratones de feria.
Victoria de Samotracia en una columna del Torico Jónico)
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Wednesday, July 4, 2007

Con bombo y platillo

 

 

Damas y caballeros:

He de anunciarles una marcha precipitada a ritmo charanguero. Parto rauda hacia la tierra del pernil, Teruel, para zambullirme en un jolgorio de quita y pon y borrachuzos de salón.

Espero regresar sin mácula para tomar de nuevo el timón de esta vela puñetera.

Salut mes amis!

 

 

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Tuesday, July 3, 2007

El masaje

 

(El masaje, collage de Ubé)

Estaba tumbado boca arriba, con el rostro hundido entre los brazos. De vez en cuando soplaba para apartarse un mechón de pelo rebelde que caía sobre su nariz haciéndole cosquillas. Estaba callado; bueno, en realidad acababa de quedarse mudo cuando Dorita comenzó a masajear su carne igual que si estuviera haciendo pan. Hacia arriba y hacia abajo, deslizando sus manos por la superficie aceitosa de su piel. Al llegar del trabajo cansado y con el traje arrugado, le había obligado a desnudarse en el salón, sin hacer caso de las protestas de Armando, que se hacía el remolón siempre que Dorita se prestaba a hacerle un servicio. Lo condujo despacio al dormitorio, dándole pequeños empujoncitos para acelerar la marcha. Dorita estaba ansiosa por masajear la espalda de Armando, le brillaban los ojos al tenerlo tumbado, boca abajo, tan quieto, tan apacible. Entonces se arremangaba el suéter de lana, frotaba sus manos en el aire y derramaba el líquido aceitoso. Armando murmuró algo, una frase que no llegó a acabar y que pronto fue sustituida por un gemido de placer. Estaba tenso, entonces. Dorita le asestó una palmadita en el trasero, de refilón, con los dedos juntos, un revés que a Armando le recordó a las bofetadas de canto que su madre solía propinarle cuando era niño. Sin embargo no se quejó. Debía admitir que le gustaban las palmaditas de Dorita, su forma de disciplinarle en los momentos álgidos. Y ese sin duda lo era. El efecto de sus frotamientos, el aliento de Dorita sobre su oído cada vez que se agachaba, el leve roce de sus pechos sueltos bajo el suéter de lana y el olor floral del bálsamo, empezaba a surtir efecto en su sexo. Y sintió que se le endurecía bajo la toalla. Emitió un suspiro largo y cambió de posición. Dorita sonrió a medias.

–Si no te estas quieto no acabaré nunca.

Armando deseaba que su sentencia se cumpliera. No quería que aquel masaje terminara. Estaría bien, pensó, que las manos de Dorita me acompañaran siempre allá donde fuera. En la oficina, en el autobús, en el restaurante a la hora del almuerzo, en el bar de Toño tomando unas cañas.

Dorita masajeó por última vez su cuello y luego cogiendo una toalla, retiró el aceite de su cuerpo y volvió a frotarse las manos, desapareciendo un minuto más tarde.

Armando se incorporó siguiendo sus instrucciones.

–Despacito, sin hacer acrobacias –le dijo.

Se vistió y salió al salón. En un sofá hojeando un periódico, había un señor bajito, con bigote y gabardina.

–Buenas tardes –lo saludó.

–Buenas tardes –contestó Armando.

Dorita ya no llevaba el suéter de lana, ahora lucía una bata blanca de manga corta y tenía el pelo recogido en una cola de caballo. Se metió en el mostrador y tecleó en la caja registradora.

–Son veinte euros, como siempre.

Armando rebuscó en la cartera y se dio cuanta de que había salido de la oficina sin un céntimo.

–¿Admites tarjeta?

–No, mejor te lo apunto y me lo pagas el jueves. A las cinco. Procura no retrasarte tengo la agenda llena.

Le sonrió, o al menos eso creyó, el caso es que el señor del bigote sonrió a su vez, mostrando una dentadura amarillenta y desordenada.

–Pasa Juan.

Y sin despedirse de Armando comenzó a desnudarlo, dándole pequeños empujoncitos para acelerar la marcha. Al poco de cerrarse la puerta, escuchó el sonido de una palmadita. El señor del bigote protestó con un grito.

“Este no ha tenido una buena infancia”, pensó Armando saliendo del gabinete de Dorita.

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