El señor del arcón

Mi padre se metió en un arcón en 1989. Le gustaba estar fresquito en el fondo, acompañado de cajas de cigalas y muslos de pollo. Nosotros le visitábamos los domingos, levantábamos la tapa y lo sacábamos ayudándonos de una palanca; después le sentábamos en la galería y le dábamos una tacita de caldo bien caliente para que entrara en calor y pudiéramos charlar con él un ratito, lo justo para decirnos que se encontraba en plena forma entre estornudo y estornudo. Eso era suficiente. Años más tarde, mamá, cansada de tanta modernidad y de un progreso que se le atragantaba, decidió meterse con él. Ahora hemos vendido el piso con el arcón incluido. Los nuevos inquilinos tienen un restaurante italiano. A mamá y a papá nos lo sirvieron troceaditos en unos espagueti a la carbonara.