El señor del arcón

Mi padre se metió en un arcón en 1989. Le gustaba estar fresquito en el fondo, acompañado de cajas de cigalas y muslos de pollo. Nosotros le visitábamos los domingos, levantábamos la tapa y lo sacábamos ayudándonos de una palanca; después le sentábamos en la galería y le dábamos una tacita de caldo bien caliente para que entrara en calor y pudiéramos charlar con él un ratito, lo justo para decirnos que se encontraba en plena forma entre estornudo y estornudo. Eso era suficiente. Años más tarde, mamá, cansada de tanta modernidad y de un progreso que se le atragantaba, decidió meterse con él. Ahora hemos vendido el piso con el arcón incluido. Los nuevos inquilinos tienen un restaurante italiano. A mamá y a papá nos lo sirvieron troceaditos en unos espagueti a la carbonara.
Si sus señores padres hubieran vivido en Barcelona, ya hace unos días que se habrían descongelado. El seguro que usted posée no le cubre estos accidentes. Mejor cómprese una casa de campo con bodega y enciérrelos allí.
¿Sigue de vacaciones? Qué vaga se nos está volviendo la Madame de las letras del Coso Bajo. Haga el favor de renovar su blog antes de las fiestas laurentinas, leñe.
Estoy en ello señor inspector, no me apremie que en vez de historias me pondré a hacer churros.