Un libro tatuado

Sí, ya lo he dicho cientos de veces, en todos los idiomas de la corona y de parte de los principados, condados y demás caseríos manchegos: Soy una mujer de mi tiempo, aristocrática y a la par discreta. Soy así de eficaz, lo combino todo a la perfección, tengo fondo y no de armario precisamente, me refiero al fondo interior, tan interno que no se ve ni se nota y mucho menos se mueve. Está quietecito ahí, en el fondo abismal. Da miedo asomarse a mis abismos, a mí producen vértigos y cefaleas. A pesar de todo me considero una mujer normal, dentro de la relatividad que nos normaliza a todas.
(Pausa)
Estoy mintiendo, naturalmente; las de mi clase lo hacemos continuamente, mentir y operarnos del rictus facial que con el tiempo se nos endurece y nos da un aspecto de musa estreñida. Afortunadamente yo estoy en esa edad indefinida que podría oscilar entre los treinta y los ciento veinte. No me quejo ni pienso quejarme en la vida. A nosotras se nos educa para sufrir y para que nos hagan genuflexiones, aunque yo me retuerzo mucho en el gimnasio, pero lo hago por voluntad propia. Soy una princesa moderna, y estoy tatuada. No me avergüenzo de ello. Tengo en la nalga derecha tatuados los dos primeros tomos de la Espasa-Calpe con ilustraciones y todo. Para que luego digan que no hay cultura en las cunas reales. Yo me he criado en una biblioteca con vistas al mar. Mi padre el rey y yo leíamos mucho, cuando íbamos a recorrer el país con nuestro coche oficial nos gustaba leer todo lo que encontrábamos a nuestro paso: “se venden caracoles” “Rebollones aquí”, “Tonto el que lo lea”. La cultura va intrínseca en las sagas reales. Mi tatarabuelo se quedó ciego de tanto leer, pero como lo hacía a la luz de las velas no pasaba de los dos renglones. Así que no sé porque se ha formado tanto alboroto con eso de mi tatuaje enciclopédico. La verdad es que al principio dudé entre la Espasa y la enciclopedia de la decoración, pero al final me decidí por la primera que era más de fiar y te puede sacar de un apuro. Mis amigas, aristocráticas también, se han dejado seducir por la lectura. Lo leen todo: el menú del día, las ofertas del mercadona… pero sobre todo leen los mensajes del móvil. Eso, además de alimentar su espíritu, fomentar su personalidad y agrandar sus horizontes, ha despertado en ellas sus ansías literarias. Porque ahora escriben. Sí, escriben mensajes tan profundos como los que reciben o incluso más. Mari Carolina de Hausburgo va a publicar en breve sus mensajes telefónicos. Esta misma mañana me ha dejado ver su buzón y me he quedado francamente sorprendida. Algunos de ellos rozaban lo poético: “Quisiera ser mortadela para que me rellenaras los bajos de aceituna”, ese iba destinado al conde de Lavapiés. También reparé en uno muy filosófico que decía así: “Tía, no sé si irme a esquiar a Murcia, o tomar en sol en Ponferrada”, dirigido a la duquesa de la coliflor. Esto, claro está, ha despertado mi envidia y he tomado la decisión de ponerme manos a la obra literaria. Es falso eso que se dice que para escribir hay que tener algo que contar. ¡Qué estupidez!, yo no tengo absolutamente nada que contar y sin embargo mucho que escribir. Me paso el día estampando mi firma en las facturas de la visa oro. Escribiré mis memorias aunque no me acuerde de nada. Lo importante es que la gente sepa que nosotros, los miembros de casas, mansiones y palacios reales, también leemos como cualquier súbdito nuestro. Me indigna el mal trato que estamos recibiendo. Precisamente ayer se lo dije a mi intima amiga, Mary Jeny de Bourbón. “Mary”, le dije “esto se tiene que acabar, debemos limpiar nuestra imagen y dejarla impoluta”, a lo que ella me contestó sabiamente: “pues sí” Ahora si me disculpan debo irme, estoy sufriendo un ataque de inspiración. Inspirar, espirar, inspirar, espirar, inspirar, espirar…
Me postro ante sus reales nalgas tatuadas, alteza.