Curiosidad a la carta

Marina había escrito una carta a Pilar, en ella le contaba sus vacaciones a Venecia.
“Una lata, rica”, decía en cinco líneas.
La guardó en su bolsillo pero al jugar a la comba, en el patio de la plaza, se le cayó justo cuando había logrado superar el tocino.
Álvaro, su vecino, la recogió.
La leyó a solas, en el parque.
“Una lata , rica”, decía en línea y media.
Y al levantarse del banco, se le olvidó.
Elvira, una estudiante de arte, la recogió sin querer, la puso junto a sus dibujos de carboncillo donde Venecia pasó a convertirse en San Petersburgo.
“Una lata, rica”, decía en tres renglones muertos de frío.
De camino al médico se escapó de su carpeta yendo a parar a los pies de un turista alemán, que sin entender ni papa leyó de corrido:
“Una lata, rica”, eso decía en el margen derecho, tirano como él solo.
De vuelta a su país, abandonó la carta en un servicio, allí un académico la confundió con papel higiénico, pero como tenía la costumbre de leerlo todo, sentado en el retrete murmuró para sí:
—Una lata, rica —eso justamente era lo que decía, el renglón octavo con una letra de historia interminable.
Quiso descifrar el enigma y se la mostró a su esposa, una filóloga austriaca que se la metió en la maleta y viajó con ella hasta Suiza. En la montaña el viento le birló la carta. Esta vez se la encontró un inspector de hacienda.
—Habrá que investigar las latas —se dijo, pasando una a una a sus cuñadas por la aduana. Cuando le tocó el turno a Merceditas, la alarma pitó. Tuvieron que dejarla en el aeropuerto una semana, hasta que un vuelo charter de estudiantes de arqueología la condujo hasta Roma. En las ruinas del Coliseo se perdió Merceditas, la carta pasó a manos de un romántico que en Venecia la arrojó al canal.
“Una lata, rica”, decía la posdata calada hasta los huesos de un amor ajeno.
No me siga. Estoy haciendo mi trabajo para la Agencia y me van a descubrir. La seguridad nacional está en juego y usted quiere a toda costa descubrirme. No lo haga y deje de enviar mensajes cifrados en las postales. La KGB no es tan tonta como parece (al menos, mientras llevan sólamente dos botellas de vodka encima).