La vocación

Tenía mucha vocación, muchísima. Por encima de todo estaba mi vocación. Ya de niña quería ser monja, pero una monja buena, no de esas con bigote y barba, una monja juvenil como Rocío Dúrcal, atractiva, con dotes de canto y fijación por las causas perdidas. Me apasionaban las películas monjiles: sonrisas y lágrimas, sor citröen. Pensaba en las ventajas de ejercer la profesión, comida gratuita, siestas a media tarde en el refectorio mientras las hermanas rezaban el rosario, sueldo de por vida, habitación individual con vistas al patio, un ropero que no pasa de moda, en fin esas pequeñas cosas que hacen que te redimas de tu vida anterior y te entregues a los deseos del señor. Claro que ahí no especificaban de qué tipo de señor, por lo tanto una podía esperar, obedecer a un señor estupendo, de esos altos, fornidos, atractivos con una cuenta bancaria en Suiza, y muchas ganas de no pegar ni golpe. Y ahí es cuando yo medito, rosario en mano y me doy cuenta de que mi naturaleza sibilina, de Eva mordedora de manzanas me está jugando una mala pasada. Entonces cojo el flagelo de la hermana Angustias y me doy unos azotes en la espalda, suavecitos porque de momento sólo he pecado de pensamiento, la obra me queda lejos, bueno tampoco excesivamente lejos porque precisamente enfrente del convento tenemos unos albañiles muy varoniles que están todo el santo día con el torso al aire y sin dejar de sudar por esas axilas peludas. Si digo esto no es porque los espíe a través de las celosías, no por dios, pero por las mañanas cuando salimos la hermana Calvario y yo a pedir unas limosnas al Corte Inglés nos los encontramos en plena faena y algunos incluso nos silban y nos gritan barbaridades. Yo me pongo hueca, se me infla el pecho y camino con paso firme, orgullosa de mi condición, monjil pero femenina; sin embargo a la hermana Calvario se le corta la respiración y parece que se ahoga. Yo la comprendo, la cosa no es para menos porque sentirse piropeada a los ochenta y siete años tiene sus riesgos. Se me aferra al brazo y aprieta el paso, paso de monja, que es buenísimo, como si estuvieras haciendo un maratón, pasitos cortos y coreografiados. En un santiamén llegamos a la otra punta de la ciudad, con un flato angelical que nos recuerda nuestra condición de sufridoras. En eso la hermana Calvario tiene experiencia, siempre ha padecido de flato, pero enseguida se detiene en un semáforo, alza los ojos al cielo, musita una plegaria y se tira sus ventosidades. Amén, digo yo, arrugando la nariz. Y es que por muy benditos que sean los pedos de la hermana Calvario no hay cristiano que los soporte. No nos demoramos mucho en regresar al convento y clausurarnos, después de vaciar la hucha por el camino y depositar los restos encima de la mesa de la madre superiora, que se hace llamar madre excelsa. Pese a regentar el poder , la madre excelsa, a la que en confianza nos referimos como a la madre que la parió, es una mujer de muy buen ver, es la única que no es miope y aunque metomentodo y cotilla , de vez en cuando se estira y nos deja hacer una misa baturra o rociera. Ahí es cuando yo despliego todo mi talento. Soy consciente de que destacar en una congregación en la que está mal visto destacar, tiene sus desventajas, y la envidia, que es mucha, se mitiga a base de padres nuestros y latigazos al bajo vientre, que es de donde parten todos las males del mundo. En fin, una vida como otra cualquiera, con sus más y sus menos y sus partidos por la mitad. Ahora estamos trabajando en el lanzamiento de nuestro nuevo disco, un CD patrocinado por la santa sede y cuyos beneficios irán destinados a la santa sede, por eso de que todo queda en casa. Estoy entusiasmada con la gira, que promete ser larga y agotadora, por todos los conventos de clausura y algunos que se clausurarán tras nuestro paso. Las canciones las he compuesto yo misma, con ayuda de la hermana Calvario que hace los coros, que son muy bonitos y expresivos y dicen así: Ay dios mío, ay dios mío, ay dios mío… mientras la hermana Angustias la golpea con el cilicio, para darle más realismo. El resto de hermanas se están dedicando a la descomposición musical; sí, he dicho descomposición porque somos de la opinión de que todo se corrompe, así pues la música no iba a ser menos. De la coreografía se encargará la excelsa madre, ha dicho que iba a ser algo sencillo sin grandes acrobacias, pero llevamos tres días de ensayos y ya tenemos cinco bajas. Las bajas resisten poco, motivo por el cual pondremos a las más altas a partirse el alma. Habíamos barajado la posibilidad de que un diseñador internacional nos confeccionara el vestuario, pero después de revisar nuestro estado de cuentas, mejor nos quedamos con nuestros malos hábitos a los que si es menester no dudaremos en acoplar volantes y lentejuelas, muy del gusto papal, que nos ha dado bula y hasta nos perdona de antemano el resto de pecados ordinarios. Si soy sincera creo que he encontrado en la fe un camino coronado de éxitos .Ya lo dijo no sé quien en algún concilio: el que cree, pues eso y el que no, pues también. Ahora tengo que dejarles porque me reclaman las hermanas. Y pensar que yo soy hija única. Esto sí que es tener fe en los milagros. Ya me lo dijo mi padre: “Tu madre me la pega con todo quisque”. Y es que las hijas de Eva somos así, casquivanas pero cristianas, y que una cosas no quita la otra.
