Wednesday, December 19, 2007
Sunday, December 16, 2007
Thursday, December 13, 2007
Cola de caballo (y 2)

Nos mantuvimos en silencio unos instantes, hasta que se cortó de cuajo la insolencia del móvil.
—No va a levantarse —dijo encendiendo un pitillo.
—¿Perdón?
—Jacinta. Para ella se acabaron todos los dramas.
No encontré una respuesta apropiada, por lo que permanecí callada frente a la cama con dosel que cobijaba los despojos de aquella mujer que se había convertido en la Agustina de una causa perdida. Me pregunté, dejando vagar la mirada por el mosaico del suelo, en las veces que ésta habría hecho el amor allí mismo, sobre esa cama infinita, de puente románico tendido entre dos mundos. Jacinta, vestida de luto riguroso, cual matrona siciliana, permanecía con esa actitud de aparente ausencia que siempre tienen los muertos, con su cola de caballo asomando entre la petulancia de una almohada cuya blancura comenzaba a amarillear; lo mismo que su pelo, prisionero en la vulgaridad de una goma que ya no sujetará más que un olvido agusanado.
—Tenía guardada la ropa de su mortaja desde hacía diez años, desde el mismo día en que murió mi padre.
Era cierto, yo tomé nota de sus declaraciones cuando visité la barraca por primera vez, un septiembre frío y ventoso, la tarde en que a tan sólo unos metros, las excavadoras devoraban huertas y sueños.
—A mí de aquí no me sacan más que con los pies por delante —había afirmado Jacinta, brava como un mihura, con los ojos y los carrillos encendidos.
De pronto bandido lanzó un ladrido, lobezno y antipático. Quise acariciarlo pero el hombre me lo impidió.
—A éste también se le ha acabado el chollo.
Me fijé en su mandíbula, una máquina de hacer picadillo las intenciones, y en el pequeño lunar junto a su boca, y en sus labios finos y desdibujados, y en su cuello de columna jónica, tan tenso que contemplarlo provocaba escalofríos, como si de un momento a otro fuese a estallar convirtiendo la tosquedad primitiva del hombre en un humo pasajero y caribeño.
—En el fondo ha tenido suerte. La muerte ha sido amable con ella.
En la cabecera, un crucifijo invitaba a contar las penas una a una.
Desde la ventana pude ver a la anciana coronada de algodón doméstico. Continuaba con su llanto, monótono y cansino; fuera, en mitad de una tierra condenada a una modernidad de pega, donde con total impudicia un neón infatigable se encarga de anunciar nuestra estupidez.
Me despedí del hombre y salí de la barraca con prisa, como si la vida estuviera pellizcando mis nalgas. Ya en el interior del coche, pensé en ese conjunto veraniego que guardaba en el armario, hacía ya dos años, desde el mismo día en que decidí morirme.
Wednesday, December 12, 2007
Cola de caballo (1)

Se descomponía la tarde pedazo a pedazo, como la manzana abandonada en el alféizar de una ventana. Me sudaban las manos y el cuello, y hacía rato que vagaba con el rumbo extraviado por aquella huerta microscópica en cuyo centro se erigía una barraca, de esas que en las novelas dan cobijo a historias horripilantes. No ha mucho me habían comunicado la muerte de su inquilina, una tal Jacinta, hembra de boca suelta y cadera estrecha, guapa como ninguna y rencorosa hasta la médula. Yo estaba allí para cerciorarme de que en efecto, la de la cola de caballo, como solían llamarla los pocos vecinos que se mantenían al pie del cañón, había dado el último suspiro. Un campo de limoneros altivos por el que ya había pasado tres veces sirvió de aparcamiento improvisado para mi seat panda.
En la puerta, pintada de un llamativo color verde, gimoteaba una vieja. Sobre su cabellera, cana y crespa, se sostenía a duras penas un pañuelo con las puntas ligeramente retorcidas. Tenía la mirada oscura y tan lejana que sus pupilas parecían estar observándote desde el faro de Alejandría. No se inmutó ante mi presencia. Se limitó a alzar los brazos y manosear las puntas de su pañuelo, como si con ese gesto estuviera ajustando la sintonía de su dolor. Golpeé con los nudillos pero no obtuve respuesta, entonces empujé la puerta despacio, igual que si estuviese quitándome de encima a un pariente. De pronto un frío pirenaico me dio la bienvenida. Olía a romero y a paella, a tomates pelados y a colonia de lavanda. Un silencio sospechoso reinaba en el hogar, huérfano ahora de cariño. No sabía qué hacer. Estuve largo rato clavada a las baldosas del suelo, un mosaico de otro tiempo, sucio y descolorido, un pedacito de alegría marchita que me recordó todo aquello que jamás llegaría a poseer. Justo cuando comenzaba a desesperar escuché una voz, imperativa y ardiente, de úlcera de estómago.
—Tuerza a la derecha y camine de frente. Tenga cuidado con las cajas y evite al perro; no muerde pero ladra como un condenado. Estoy hasta los cojones del perro —escupió.
No dudé en seguir sus instrucciones. El perro, que respondía al nombre de bandido, era un caniche amarillento, de dentadura escasa y andares renqueantes, como si viniera de haber atravesado el desierto del Gobi. Ladraba sí, pero con un cansancio de siglos, sentado sobre sus patas traseras, con el rabo en continuo movimiento mientras una mosca rondaba incesante su cabeza achatada.
Jacinta se encontraba al fondo, en una alcoba de dimensiones gigantescas, un pequeño palacete levantino que amenazaba ruina y olvido.
—Mañana esto será un centro comercial o una supermercado para merluzos —la voz volvió a destapar su rotundidad.
Era un hombre de una fealdad conmovedora, de estatura media y espaldas anchas, de esas que acostumbran a cargar patatas y desdichas.
—Se preguntará quién coño soy.
—¿Su hijo, tal vez? —me atreví a decir con una timidez mayúscula.
El extraño sonrió para dentro, con esa alegría íntima que se guarda en las entrañas.
—Veo que tiene usted buen ojo.
—Es lo normal en estos casos —dije deshaciéndome de bandido.
El hombre sacudió la cabeza contrariado.
—Supongo que sí —hizo una pausa y se incorporó, no sin antes echar un vistazo al cadáver de Jacinta.
—¿La mandan los de la constructora o los del ayuntamiento? Porque si es así, ha hecho usted el viaje en balde. Mi respuesta sigue siendo la misma: que le den morcilla a todos.
—Soy periodista —susurré.
—Acabáramos.
El sonido inoportuno y festivo de un móvil hizo añicos el duelo.
—Ya estuvieron aquí los de la prensa y se pusieron las botas haciendo fotos. A mi madre le gustaba mucho que la retrataran, de esa forma se sentía importante.
Hice un amago de acercarme a Jacinta. El móvil continuaba sonando en el interior del bolsillo del hombre.
—¿No va a cogerlo?
—Sea lo que sea puede esperar. Para mí los muertos tienen prioridad en la vida. Ya tendremos tiempo de sepultar después su memoria.
La melodía ahora se hacía más apremiante, como si estuviera acelerando las notas. Sentí ganas de abalanzarme contra el hombre y apoderarme de su teléfono. Debió notar mi impaciencia porque me miró divertido, con esa languidez del que nada espera.
Thursday, December 6, 2007
El ojo del burro

No hay prisa,
el sol calienta las
espaldas, la hermosura
de la montaña duele.
Pero no hay prisa.
Por la línea del
horizonte asoman
las orejas de un burro.
Ya lo he dicho,
no hay prisa.

Monday, December 3, 2007
Un tratado intratable

“Un tratado intratable”, obra de Ubé
—Señores compórtense por favor —pidió una voz chiquita—. Se trata de un acuerdo. Es necesario que lleguemos de inmediato a un acuerdo. De no ser así nuestra sociedad corre un grave peligro —volvió a decir aquella voz que parecía salir de una aceituna.
Los hombres de las pajaritas amarillas dejaron su escaramuza a un lado y se giraron sincronizados hacia el hombre de la voz chiquita.
—Señor Braulio —dijo un caballero al fondo—. Es imposible que estos caballeros entre los que debo incluirme lleguen a un acuerdo. Se trata de un trato intratable —afirmó soltando pequeñas gotas de saliva.
El resto de caballeros por primera vez en toda la mañana estuvieron de acuerdo con la exposición del caballero acalorado del fondo.
—¡Intolerable! —gritó uno.
—¡Inaudito! —apostilló otro.
—¡Imposible! —se reafirmó otro aún.
—¡Impensable! —dijeron a coro tres caballeros de mediana edad.
—Señores, por favor, compórtense —volvió a pedir el de la voz chiquita abriéndose paso entre el barullo de los caballeros de las pajaritas amarillas—. Están ustedes incurriendo en una grave falta contra las normas de nuestra sociedad. Su cabezonería es francamente injustificable, señores; su negativa poco tiene que ver con la razón, mucho menos con la sensatez. Les ruego que mediten sobre su postura y rectifiquen ahora que están a tiempo —y su voz pequeña creció un par de centímetros a lo ancho.
Murmullos de indignación surgieron de las gargantas atenazadas por las pajaritas amarillas que, inopinadamente, se propagaron por la sala de reuniones de la sociedad M.
El caballero del fondo sonrió suavemente. Tenía una sonrisa acariciadora, de esas que dan ganas de tocar para cerciorarse de su existencia.
—Señor Braulio —comenzó a decir con benevolencia—, no estamos aquí para acatar las normas de la sociedad ciegamente. Como usted comprenderá en cualquier momento podemos abrazar nuestros derechos. Y entre los muchos derechos que esta insigne sociedad proporciona a sus socios está naturalmente la de mostrar desacuerdo.
—¡Es intolerable! —se escuchó.
—¡Inaudito!
—¡Imposible!
—¡Impensable!
—Señores, déjenme hacerles una pregunta —la voz chiquita iba creciendo y creciendo hasta alcanzar una estatura socialmente aceptable—. ¿Se han leído ustedes el tratado?
Los rostros de los caballeros de las pajaritas amarillas se contrajeron. Así, sumidos en un profundo silencio, adoptaron automáticamente posturas que invitaban a la reflexión desde sus cómodos sillones; unos enarcaban las cejas, otros arrugaban en ceño, los más atrevidos se mesaban los cabellos, circunspectos.
Como nadie respondía la pregunta del señor Braulio dieron por concluida la asamblea.
El tratado se aprobó por mayoría aunque pasaron muchos años hasta que los caballeros de las pajaritas amarillas se decidieran a leerlo, justo cuando comenzaba a perder su vigencia.
Saturday, December 1, 2007
El Papa Luna brilla en el Vaticano
El primer paso y el más significativo ha sido el cambio inmediato de su propio nombre pasando a llamarse desde ahora Benedicto XVII. Ha sido tal el fervor que ha suscitado en el Sumo Pontífice el descubrimiento de este insigne personaje gracias a esta obra literaria, que se ha propuesto visitar en breve el pueblo que le vio nacer, Illueca, así como conocer personalmente a la autora de la novela, Angélica Morales.
(Agencia UVE)




