Un tratado intratable

“Un tratado intratable”, obra de Ubé
—Señores compórtense por favor —pidió una voz chiquita—. Se trata de un acuerdo. Es necesario que lleguemos de inmediato a un acuerdo. De no ser así nuestra sociedad corre un grave peligro —volvió a decir aquella voz que parecía salir de una aceituna.
Los hombres de las pajaritas amarillas dejaron su escaramuza a un lado y se giraron sincronizados hacia el hombre de la voz chiquita.
—Señor Braulio —dijo un caballero al fondo—. Es imposible que estos caballeros entre los que debo incluirme lleguen a un acuerdo. Se trata de un trato intratable —afirmó soltando pequeñas gotas de saliva.
El resto de caballeros por primera vez en toda la mañana estuvieron de acuerdo con la exposición del caballero acalorado del fondo.
—¡Intolerable! —gritó uno.
—¡Inaudito! —apostilló otro.
—¡Imposible! —se reafirmó otro aún.
—¡Impensable! —dijeron a coro tres caballeros de mediana edad.
—Señores, por favor, compórtense —volvió a pedir el de la voz chiquita abriéndose paso entre el barullo de los caballeros de las pajaritas amarillas—. Están ustedes incurriendo en una grave falta contra las normas de nuestra sociedad. Su cabezonería es francamente injustificable, señores; su negativa poco tiene que ver con la razón, mucho menos con la sensatez. Les ruego que mediten sobre su postura y rectifiquen ahora que están a tiempo —y su voz pequeña creció un par de centímetros a lo ancho.
Murmullos de indignación surgieron de las gargantas atenazadas por las pajaritas amarillas que, inopinadamente, se propagaron por la sala de reuniones de la sociedad M.
El caballero del fondo sonrió suavemente. Tenía una sonrisa acariciadora, de esas que dan ganas de tocar para cerciorarse de su existencia.
—Señor Braulio —comenzó a decir con benevolencia—, no estamos aquí para acatar las normas de la sociedad ciegamente. Como usted comprenderá en cualquier momento podemos abrazar nuestros derechos. Y entre los muchos derechos que esta insigne sociedad proporciona a sus socios está naturalmente la de mostrar desacuerdo.
—¡Es intolerable! —se escuchó.
—¡Inaudito!
—¡Imposible!
—¡Impensable!
—Señores, déjenme hacerles una pregunta —la voz chiquita iba creciendo y creciendo hasta alcanzar una estatura socialmente aceptable—. ¿Se han leído ustedes el tratado?
Los rostros de los caballeros de las pajaritas amarillas se contrajeron. Así, sumidos en un profundo silencio, adoptaron automáticamente posturas que invitaban a la reflexión desde sus cómodos sillones; unos enarcaban las cejas, otros arrugaban en ceño, los más atrevidos se mesaban los cabellos, circunspectos.
Como nadie respondía la pregunta del señor Braulio dieron por concluida la asamblea.
El tratado se aprobó por mayoría aunque pasaron muchos años hasta que los caballeros de las pajaritas amarillas se decidieran a leerlo, justo cuando comenzaba a perder su vigencia.