Cola de caballo (1)

Se descomponía la tarde pedazo a pedazo, como la manzana abandonada en el alféizar de una ventana. Me sudaban las manos y el cuello, y hacía rato que vagaba con el rumbo extraviado por aquella huerta microscópica en cuyo centro se erigía una barraca, de esas que en las novelas dan cobijo a historias horripilantes. No ha mucho me habían comunicado la muerte de su inquilina, una tal Jacinta, hembra de boca suelta y cadera estrecha, guapa como ninguna y rencorosa hasta la médula. Yo estaba allí para cerciorarme de que en efecto, la de la cola de caballo, como solían llamarla los pocos vecinos que se mantenían al pie del cañón, había dado el último suspiro. Un campo de limoneros altivos por el que ya había pasado tres veces sirvió de aparcamiento improvisado para mi seat panda.
En la puerta, pintada de un llamativo color verde, gimoteaba una vieja. Sobre su cabellera, cana y crespa, se sostenía a duras penas un pañuelo con las puntas ligeramente retorcidas. Tenía la mirada oscura y tan lejana que sus pupilas parecían estar observándote desde el faro de Alejandría. No se inmutó ante mi presencia. Se limitó a alzar los brazos y manosear las puntas de su pañuelo, como si con ese gesto estuviera ajustando la sintonía de su dolor. Golpeé con los nudillos pero no obtuve respuesta, entonces empujé la puerta despacio, igual que si estuviese quitándome de encima a un pariente. De pronto un frío pirenaico me dio la bienvenida. Olía a romero y a paella, a tomates pelados y a colonia de lavanda. Un silencio sospechoso reinaba en el hogar, huérfano ahora de cariño. No sabía qué hacer. Estuve largo rato clavada a las baldosas del suelo, un mosaico de otro tiempo, sucio y descolorido, un pedacito de alegría marchita que me recordó todo aquello que jamás llegaría a poseer. Justo cuando comenzaba a desesperar escuché una voz, imperativa y ardiente, de úlcera de estómago.
—Tuerza a la derecha y camine de frente. Tenga cuidado con las cajas y evite al perro; no muerde pero ladra como un condenado. Estoy hasta los cojones del perro —escupió.
No dudé en seguir sus instrucciones. El perro, que respondía al nombre de bandido, era un caniche amarillento, de dentadura escasa y andares renqueantes, como si viniera de haber atravesado el desierto del Gobi. Ladraba sí, pero con un cansancio de siglos, sentado sobre sus patas traseras, con el rabo en continuo movimiento mientras una mosca rondaba incesante su cabeza achatada.
Jacinta se encontraba al fondo, en una alcoba de dimensiones gigantescas, un pequeño palacete levantino que amenazaba ruina y olvido.
—Mañana esto será un centro comercial o una supermercado para merluzos —la voz volvió a destapar su rotundidad.
Era un hombre de una fealdad conmovedora, de estatura media y espaldas anchas, de esas que acostumbran a cargar patatas y desdichas.
—Se preguntará quién coño soy.
—¿Su hijo, tal vez? —me atreví a decir con una timidez mayúscula.
El extraño sonrió para dentro, con esa alegría íntima que se guarda en las entrañas.
—Veo que tiene usted buen ojo.
—Es lo normal en estos casos —dije deshaciéndome de bandido.
El hombre sacudió la cabeza contrariado.
—Supongo que sí —hizo una pausa y se incorporó, no sin antes echar un vistazo al cadáver de Jacinta.
—¿La mandan los de la constructora o los del ayuntamiento? Porque si es así, ha hecho usted el viaje en balde. Mi respuesta sigue siendo la misma: que le den morcilla a todos.
—Soy periodista —susurré.
—Acabáramos.
El sonido inoportuno y festivo de un móvil hizo añicos el duelo.
—Ya estuvieron aquí los de la prensa y se pusieron las botas haciendo fotos. A mi madre le gustaba mucho que la retrataran, de esa forma se sentía importante.
Hice un amago de acercarme a Jacinta. El móvil continuaba sonando en el interior del bolsillo del hombre.
—¿No va a cogerlo?
—Sea lo que sea puede esperar. Para mí los muertos tienen prioridad en la vida. Ya tendremos tiempo de sepultar después su memoria.
La melodía ahora se hacía más apremiante, como si estuviera acelerando las notas. Sentí ganas de abalanzarme contra el hombre y apoderarme de su teléfono. Debió notar mi impaciencia porque me miró divertido, con esa languidez del que nada espera.