Thursday, December 13, 2007

Cola de caballo (y 2)

Nos mantuvimos en silencio unos instantes, hasta que se cortó de cuajo la insolencia del móvil.

         —No va a levantarse —dijo encendiendo un pitillo.

         —¿Perdón?

         —Jacinta. Para ella se acabaron todos los dramas.

         No encontré una respuesta apropiada, por lo que permanecí callada frente a la cama con dosel que cobijaba los despojos de aquella mujer que se había convertido en la Agustina de una causa perdida. Me pregunté, dejando vagar la mirada por el mosaico del suelo, en las veces que ésta habría hecho el amor allí mismo, sobre esa cama infinita, de puente románico tendido entre dos mundos. Jacinta, vestida de luto riguroso, cual matrona siciliana, permanecía con esa actitud de aparente ausencia que siempre tienen los muertos, con su cola de caballo asomando entre la petulancia de una almohada cuya blancura comenzaba a amarillear; lo mismo que su pelo, prisionero en la vulgaridad de una goma que ya no sujetará más que un olvido agusanado.

         —Tenía guardada la ropa de su mortaja desde hacía diez años, desde el mismo día en que murió mi padre.

         Era cierto, yo tomé nota de sus declaraciones cuando visité la barraca por primera vez, un septiembre frío y ventoso, la tarde en que a tan sólo unos metros, las excavadoras devoraban huertas y sueños.

         —A mí de aquí no me sacan más que con los pies por delante —había afirmado Jacinta, brava como un mihura, con los ojos y los carrillos encendidos.

         De pronto bandido lanzó un ladrido, lobezno y antipático. Quise acariciarlo pero el hombre me lo impidió.

         —A éste también se le ha acabado el chollo.

         Me fijé en su mandíbula, una máquina de hacer picadillo las intenciones, y en el pequeño lunar junto a su boca, y en sus labios finos y desdibujados, y en su cuello de columna jónica, tan tenso que contemplarlo provocaba escalofríos, como si de un momento a otro fuese a estallar convirtiendo la tosquedad primitiva del hombre en un humo pasajero y caribeño.

         —En el fondo ha tenido suerte. La muerte ha sido amable con ella.

         En la cabecera, un crucifijo invitaba a contar las penas una a una.

         Desde la ventana pude ver a la anciana coronada de algodón doméstico. Continuaba con su llanto, monótono y cansino; fuera, en mitad de una tierra condenada a una modernidad de pega, donde con total impudicia un neón infatigable se encarga de anunciar nuestra estupidez.

         Me despedí del hombre y salí de la barraca con prisa, como si la vida estuviera pellizcando mis nalgas. Ya en el interior del coche, pensé en ese conjunto veraniego que guardaba en el armario, hacía ya dos años, desde el mismo día en que decidí morirme.

Posted by lamorales at 18:39:58
Comments

Leave a Reply