Antoñita giró su silla hacia la derecha, después tomó el pasillo de la izquierda, el que desembocaba directamente en la sala de mapas. Los recientes acontecimientos habían acelerado sus planes. Ya nada importaba tanto como presentar a su padre en sociedad. Desde que Norberto Solís se decidiera a habitar nuevamente este mundo, la curiosidad popular no había dejado de azotarla con una insolencia desmesurada.
Eran las cinco en punto de la tarde. Un olor a café recién hecho se propagó por el museo. Las aletas de su nariz se movieron ávidas, su aroma le dio fuerzas para empujar la silla que como de costumbre se había quedado encasquillada a la altura del arcón.
—Vamos deja de hacerme la puñeta —exclamó Antoñita tirando con fuerza.
Tras un breve forcejeo logró ponerse en marcha. La tapa del arcón se cerró con estrépito guardando en su interior todos los secretos que aquella noche quedarían al fin al descubierto. Recorrió despacio las diversas estancias del museo. Nadie lo visitaba desde hacía años; tan sólo, de vez en cuando, se acercaba algún turista atraído por la leyenda que tiempo atrás había teñido el pueblo de misterio y que se refería, naturalmente, a la existencia estéril de Norberto Solís, más conocido como el señor del arcón.
Antoñita pasó junto al retrato de la Generala Tomasa y lo observó con detenimiento. Desde un marco historiado aquella mujer miraba con la arrogancia de una duquesa; tenía el pelo recogido en la nuca, la nariz de un cóndor y los labios fruncidos en un mohín de disgusto. La generala Tomasa no supo jamás lo que era la felicidad, excepto cuando subida a lomos de su caballo percherón recorría el páramo en busca de un enemigo imaginario. De su boca chiquita y dictatorial escapaban constantes palabras de agravio y en su ofensa galopaba como poseída hasta caer exhausta en el riachuelo que dividía en dos la comarca. Las lenguas más desvergonzadas vitupendiaban a lo loco a la generala Tomasa, a la que no dudaban en adjudicar extravagantes romances, algunos de los cuales eran protagonizados por el mismísimo diablo.
—Hay quien la ha visto volar encima de una alfombra de esparto, con el pelo suelto y unas medias de lana gorda —afirmaba una rodeándose la cintura con sus brazos de araña.
—¡Ahí es nada! —exclamaba otra arrugando el ceño.
—Yo podría jurar que cuando hay luna llena se convierte en dragona y anda por el pueblo escupiendo una niebla espesa que no hace sino sumirnos en un soberano aburrimiento.
El cuadro de la generala Tomasa se inclinó hacia la izquierda, su nariz de cóndor pareció alzarse desafiante retando desde el infierno a todo aquel que se le pusiera por delante. Antoñita volvió a colocarlo en su sitio.
—No eres más que una Lilith cualquiera —murmuró maniobrando la silla.
A lo lejos escuchó unos pasos. Era Fuensanta, la bibliotecaria. Sostenía entre sus manos finas una bandeja de proporciones gigantescas que se balanceaba igual que un bote a la deriva, amenazando con derribar al suelo su contenido.
—Traigo el café —dijo con su voz de sirena acatarrada—. Está mal que lo diga pero me ha salido riquísimo, en su punto, ni fu ni fa, como a ti te gusta.
Antoñita tomó la taza y dio un sorbo largo, silbando para adentro. A veces daba la sensación de que aquella mujer se bebía el mundo.
—Esta noche sería mejor que encerraras en el depósito la calavera del explorador Andrés. Ya sabes lo que le gustan los saraos.
—¿Por qué en el depósito? Lo tengo a rebosar de momias asturianas y de reliquias neoclásicas, por no mencionar los pechos incorruptos de la madre Ederlinda, el brazo santo del charcutero Alfonso, la lengua arpía de todas las vecindonas y las nalgas tersas de aquel mozo que murió en el bosque a manos de la Genara y que cada domingo se escapaban como alma endiablada a bailar un rock and roll a la plaza del pueblo. No, Antoñita. En el depósito no cabe siquiera la cabeza reducida de un indio cheroky.
—Es el único lugar seguro.
Fuensanta dejó escapar un suspiro fenomenal.
—De acuerdo, pero no me responsabilizo de las fugas. Hay demasiada expectación esta noche —y recogiendo las tazas, le dio la espalda, arrastrando con pereza sus tacones sobre las viejas baldosas.
A solas, Antoñita rememoró el reencuentro con su padre, acontecido el día anterior. En el mismo instante en que Norberto Solís regresaba a la vida, el brazo santo del charcutero Alfonso acariciaba los pechos incorruptos de la madre Ederlinda.
—No es momento éste, fulano mío, para ir atropellando a las Evas —farfulló una momia venida a más.
Se descongeló en un santiamén. Norberto Solís movió sus miembros entumecidos uno a uno, primero los dedos de la mano, después los de los pies y poco a poco comenzó a hacer rotaciones con los tobillos sintiendo sus huesos crujir. Ladeó el cuello y se topó con un pollo, al intentar estirar una pierna se le cayó encima una bolsa de guisantes y un par de filetes de lomo. Los arrojó a un lado y acomodándose en un rincón, lanzó un bostezo infinito. Su aliento flotó en el arcón como si fuera el humo de cien cigarrillos. Levantó la tapa y se asomó al exterior, temeroso. Le temblaba el ánimo. Al depositar un pie en el suelo el agua que contenían sus pantalones comenzó a gotear, formando un charco a su alrededor.
—Buenos tardes, papá —lo saludó Antoñita desde su silla recién lavada.
—Buenos tardes, señora ¿se puede saber quién es usted? —preguntó arrugando sus cejas anchas, de tejón.
—Soy Antoñita, tu hija pequeña.
Norberto Solís no recordaba tener una hija de edad semejante. La última vez que vio a su Antoñita, llevaba minifalda.
—Perdone, pero no comprendo…
—Es natural papi —contestó acercando su silla al arcón—, has estado sesenta y cinco años metido en el arcón.
Norberto Solís se tensó. Su pecho, tan apacible antaño, empezó a notar los latidos frenéticos de un corazón que creía dormido para siempre.
—¡Dios santo! Y parece que fue ayer cuando tomé la decisión de poner rumbo a lo desconocido.
—El tiempo no perdona, papá. Ni siquiera a los que se empeñan en aletargar sus sueños.
El hombre del arcón desplegó su primera sonrisa del día. Era ésta húmeda y desconfiada, una alegría que venía caducada.
—¿Dónde estamos? —quiso saber, mirando en torno suyo con curiosidad.
Antoñita activó su silla. Las ruedas patinaron sobre las baldosas, igual que si fuera un bólido a punto de iniciar una carrera suicida.
—Mamá y yo decidimos traerte aquí después de esperar en vano tu regreso durante cinco años. Sabíamos lo mucho que te gustaba ser el centro de atención y decidimos convertirte en una celebridad pasajera, trasladando tu cabezonería al museo local. En tiempos fuiste nuestra mayor atracción, hasta que llegaron las cabezas reducidas de políticos sin nombre y las máscaras africanas con poderes inexactos, que no hacen otra cosa que burlarse de los visitantes con una exquisitez empalagosa mientras no dejan de canturrear villancicos navideños.
Un escalofrío atravesó el cuerpo helado de Norberto Solís de parte a parte.
—Será mejor que te pongas ropa seca. En la sala de mapas guardo tu traje preferido. Estaba convencida de que tarde o temprano entrarías en razón. El mundo necesita a hombres como tú. Inconstantes e interesados. Hombres que estén dispuestos a entregar sus vidas por ninguna causa.
—No conozco mejor sacrificio que vivir al tuntún.
Los ojos de Antoñita se empañaron por las lágrimas y así, con el horizonte nublado por una emoción fingida se adentró hacia la sala de mapas con el señor del arcón a su lado, dejando sobre las baldosas un rastro de caracol.
Una réplica exacta del hombre más alto del mundo les dio la bienvenida. Andaba encorvado, meneando incesante sus brazos de remo que parecían hacer picadillo el aire a cada instante.
Del interior de una bola del mundo gigantesca, Antoñita extrajo el traje de lino blanco de Norberto Solís. Después, el hombre más alto del mundo le colocó un sombrero de ala ancha sobre su cabeza mojada.
—Déjanos solos Aquilino —su voz sonó rotunda, de comandante en jefe.
—Sí, señorita —contestó obediente Pantagruel, inclinando aún más su cuerpo colosal.
—Esta noche el mundo entero estará pendiente de tus palabras. Todos querrán conocer el más allá sin moverse del sitio.
Norberto Solís carraspeó. Las palabras se habían ahogado en su garganta y en su mente el desasosiego iba y venía a su antojo. Invocaba el más allá en su recuerdo, pero éste se negaba a mostrarle una imagen nítida de los sesenta y cinco años pasados en letargo. En su interior llegó a temer que todo hubiera sido una farsa.
—Hay gente que siempre ha estado más allá que acá —dijo al fin.
Antoñita lo miró circunspecta.
—Pero ellos no han pasado sesenta y cinco años metidos en un arcón.
Norberto Solís se probó el traje blanco de lino. Las axilas le tiraban y los pantalones se le habían quedado cortos. Simulaba ahora un fantoche embutido a la fuerza en unas galas ajenas, un pobre hombre de hoy con la dignidad estrecha de ayer.
—¡Maravilloso! —exclamó Antoñita entrecerrando sus ojos de lince. Y de súbito hizo girar la silla alrededor de la bola del mundo, igual que si fuera un satélite alocado. Su padre la contempló con gesto severo, intentando adivinar en el rostro acartonado de aquella desconocida las delicadas facciones de su Antoñita.
—¿Cuántos años tiene usted? —le preguntó cuando comenzaba la octava vuelta.
Antoñita sonrió con arrobo, la velocidad había dividido en dos sus intenciones y ahora lucía una faz casi casi diabólica, similar a la de la generala Tomasa cuando galopaba a lomos de su caballo percherón por el páramo.
—Acabo de cumplir ochenta y cinco —y su boca se cerró lo mismo que una flor de cementerio.
Norberto Solís quiso sentir lástima, pero su corazón todavía se empeñaba en mantener congelados sus sentimientos. Se encogió de hombros y le dio la espalda. Antoñita frenó la silla en seco y, jadeante, clavó sus ojos en el Bósforo, vacíos como los de una estatua griega.
Una mujer chiquita con un gramófono colgado en su oreja izquierda emergió del fondo de un baúl. Se guardaban en él todos los recuerdos del mañana. Venía con una sonrisa recién estrenada, amplia e inmaculada, y tarareaba noticias desastrosas que hablaban del fin de todos los mundos. Antoñita habló con frialdad.
—¿Qué sucede, Casiana?
—Los periodistas ya están aquí. Han instalado sus cámaras en la sala de armas y se ha montado la de Cristo es rey. El explorador Andrés les ha relatado doce veces la historia de su vida, que no es otra que la de haber muerto de la manera más tonta cuando apenas comenzaba a vivir, mientras que las cabezas reducidas se insultaban con inquina las unas a las otras, aumentando considerablemente el volumen de su sinvergonzonería. Ya han conseguido cuatro exclusivas en una revista culinaria y amenazan con enfrentarse en un plató de televisión cinco veces por semana para contar en directo las vicisitudes de una cabeza de chorlito como Dios manda. Un verdadero caos, Antoñita —voceó con satisfacción.
El señor del arcón contempló a aquella extraña criatura durante largo rato, después se acercó a ella con sigilo, sin apartar los ojos del gramófono desde donde se escapaban las notas funestas de un pasodoble. A la que quiso darse cuenta se encontraba en brazos de Fuensanta, la bibliotecaria, que pegaba su cuerpo al suyo buscando con candor su contacto helado.
—Baila usted como un calamar —le dijo haciéndose la veinteañera—. Nunca había bailado con una celebridad congelada. Me estremezco de emoción —y fingió que le daba un calambre en el tobillo para apretar aún más su cuerpo contra el hombre—. ¿Es cierto que se metió en un arcón porque estaba harto del mundo? ¿Cree que el mundo tiene remedio? ¿Cómo se siente habitando dos mundos al mismo tiempo? ¿Hay que estar más allá que acá para entender el mundo? ¿Hay otros mundos más interesantes que el nuestro? ¿Giramos alrededor de un mundo equivocado? Hábleme de su mundo, no mejor, dibújeme un mundo nuevo ¿Si congelamos nuestros corazones accederemos a un mundo mejor? —e inmediatamente cayó fulminada al suelo, igual que se la hubiera atravesado un rayo.
El hombre más alto del mundo llegó en su auxilio y poniendo en movimiento sus brazos de remo, recogió a aquel ser indefenso de las baldosas, transportándolo con sumo cuidado al depósito. Allí, los pechos incorruptos de la madre Ederlinda le dieron la bienvenida, y unas bocas maldicientes le insuflaron el aire necesario para devolverla a la vida.
—Un paso más y te corto el dedo gordo, so bacalao —le dijo al brazo santo del charcutero Alfonso cuando éste intentaba trepar por sus nalgas.
Casiana había desaparecido de la sala de mapas haciendo sonar con fuerza su gramófono. Se marchó sin prisa, dando pequeños saltos entre una noticia terrible y otra más terrible aún. Junto a la bola del mundo gigantesca, Norberto Solís continuaba digiriendo pensamientos.
—Papi, ha llegado el momento de ser más que nadie —le dijo Antoñita interrumpiendo su concentración—. Tienes la obligación de contarle al mundo tu viaje a ninguna parte.
Hablaba con una voz suave, de clavel chino, y sin embargo en sus ojos de lince titilaba una soberbia de siglos.
—Recuerda que ahora eres un ser extraordinario, alguien que ha decidido regresar del más allá para darse la gran vida acá. La gente te venerará sólo por eso, hará cola para escuchar tus palabras huecas, estampará tu imagen en camisetas, adoptará tu estilo insulso, se fotografiará en el arcón con su familia, querrá comprar un chalet junto al museo y no dudará en bautizar a sus hijos con tu nombre. Y yo estaré contigo para compartir el peso de este triunfo banal. Nos alzaremos con un protagonismo perecedero y habremos al fin conseguido pasar a la posteridad —afirmó con la rotundidad de un césar—. Algún día nos levantarán una estatua en la plaza y nuestros rostros se encerrarán en marcos historiados desde donde podremos competir en arrogancia con la generala Tomasa. El pueblo nos forjará una leyenda estúpida que traspasará todas las fronteras imaginables ¿No te parece magnífico? —le preguntó con las mejillas rubicundas.
Norberto Solís había permanecido impertérrito. Por sus venas comenzaba a bullir la rebeldía de años atrás, cuando decidió enterrarse en el hielo. Definitivamente el mundo continuaba siendo el mismo. No sentía la necesidad de compartir con extraños el largo sueño de los que no esperan nada. Se preguntó en silencio si acaso la única vida verdadera estaba en el arcón y vinieron a su mente las imágenes vacías de su letargo, y recordó sentirse nadie rodeado de gambas muertas y trozos de pollos arrancados a la razón. Por primera vez añoró la existencia que no tuvo y se compadeció de los que habitaban en un mar de embustes haciéndose cada día más y más insignificantes, unos monstruos que debían encerrarse en el sótano de todos los pensamientos que todavía estaban por mancillar. No, Norberto Solís no estaba dispuesto a compartir su secreto.
Poco a poco se fue despojando del traje de lino hasta quedar desnudo ante los ojos asombrados de Antoñita que creyó ver en la palidez de su piel el reflejo del mismísimo demonio. Sin mediar palabra caminó en dirección al arcón. No hubo despedidas, Norberto Solís apenas reconocía a aquella extraña que giraba su silla con la fiereza de un puma.
Cruzó la sala de mapas, giró a la izquierda y se tropezó con el hombre más alto del mundo que inclinó su cuerpo colosal a modo de saludo. Norberto, de un salto, le colocó el sombrero de ala ancha. Pantagruel sonrió mostrando una dentadura penibética donde un matrimonio de jubilados paseaba cogidos de la mano recordando su felicidad a medias.
Abrió la tapa del arcón e introdujo una pierna. La generala Tomasa seguía sus movimientos expectante, arrugando su nariz de cóndor mientras las lenguas más desvergonzadas insistían en su letanía.
—Hay quien la ha visto volar encima de una alfombra de esparto, con el pelo suelto y unas medias de lana gorda —afirmaba una rodeándose la cintura con sus brazos de araña.
—¡Ahí es nada! —exclamaba otra frunciendo el ceño.
—Yo podría jurar que cuando hay luna llena se convierte en dragona y anda por el pueblo escupiendo una niebla espesa que no hace sino sumirnos en un soberano aburrimiento.
Desde el sótano llegaban las protestas acaloradas de Antoñita. Casiana se encargó personalmente de propagarlas a través de su oído izquierdo donde el gramófono escupía los reproches al son de un bolero.
—Papi, no me dejes sola —rogaba—, me volveré a poner minifalda, te lo prometo… —se lamentaba la desdichada.
En la sala de armas reinaba la calma.
Ya nadie recordaba al señor del arcón.
Un hombre con dos pupilas filmó en el último momento la descomposición del brazo santo del charcutero Alfonso. Los pechos incorruptos de la madre Ederlinda aparecieron semanas después en las portadas de todas las revistas.