Sunday, December 16, 2007

Diario de una asesina enana (1)

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Thursday, December 13, 2007

Cola de caballo (y 2)

Nos mantuvimos en silencio unos instantes, hasta que se cortó de cuajo la insolencia del móvil.

         —No va a levantarse —dijo encendiendo un pitillo.

         —¿Perdón?

         —Jacinta. Para ella se acabaron todos los dramas.

         No encontré una respuesta apropiada, por lo que permanecí callada frente a la cama con dosel que cobijaba los despojos de aquella mujer que se había convertido en la Agustina de una causa perdida. Me pregunté, dejando vagar la mirada por el mosaico del suelo, en las veces que ésta habría hecho el amor allí mismo, sobre esa cama infinita, de puente románico tendido entre dos mundos. Jacinta, vestida de luto riguroso, cual matrona siciliana, permanecía con esa actitud de aparente ausencia que siempre tienen los muertos, con su cola de caballo asomando entre la petulancia de una almohada cuya blancura comenzaba a amarillear; lo mismo que su pelo, prisionero en la vulgaridad de una goma que ya no sujetará más que un olvido agusanado.

         —Tenía guardada la ropa de su mortaja desde hacía diez años, desde el mismo día en que murió mi padre.

         Era cierto, yo tomé nota de sus declaraciones cuando visité la barraca por primera vez, un septiembre frío y ventoso, la tarde en que a tan sólo unos metros, las excavadoras devoraban huertas y sueños.

         —A mí de aquí no me sacan más que con los pies por delante —había afirmado Jacinta, brava como un mihura, con los ojos y los carrillos encendidos.

         De pronto bandido lanzó un ladrido, lobezno y antipático. Quise acariciarlo pero el hombre me lo impidió.

         —A éste también se le ha acabado el chollo.

         Me fijé en su mandíbula, una máquina de hacer picadillo las intenciones, y en el pequeño lunar junto a su boca, y en sus labios finos y desdibujados, y en su cuello de columna jónica, tan tenso que contemplarlo provocaba escalofríos, como si de un momento a otro fuese a estallar convirtiendo la tosquedad primitiva del hombre en un humo pasajero y caribeño.

         —En el fondo ha tenido suerte. La muerte ha sido amable con ella.

         En la cabecera, un crucifijo invitaba a contar las penas una a una.

         Desde la ventana pude ver a la anciana coronada de algodón doméstico. Continuaba con su llanto, monótono y cansino; fuera, en mitad de una tierra condenada a una modernidad de pega, donde con total impudicia un neón infatigable se encarga de anunciar nuestra estupidez.

         Me despedí del hombre y salí de la barraca con prisa, como si la vida estuviera pellizcando mis nalgas. Ya en el interior del coche, pensé en ese conjunto veraniego que guardaba en el armario, hacía ya dos años, desde el mismo día en que decidí morirme.

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Wednesday, December 12, 2007

Cola de caballo (1)

            Se descomponía la tarde pedazo a pedazo, como la manzana abandonada en el alféizar de una ventana. Me sudaban las manos y el cuello, y hacía rato que vagaba con el rumbo extraviado por aquella huerta microscópica en cuyo centro se erigía una barraca, de esas que en las novelas dan cobijo a historias horripilantes. No ha mucho me habían comunicado la muerte de su inquilina, una tal Jacinta, hembra de boca suelta y cadera estrecha, guapa como ninguna y rencorosa hasta la médula. Yo estaba allí para cerciorarme de que en efecto, la de la cola de caballo, como solían llamarla los pocos vecinos que se mantenían al pie del cañón, había dado el último suspiro. Un campo de limoneros altivos por el que ya había pasado tres veces sirvió de aparcamiento improvisado para mi seat panda.

            En la puerta, pintada de un llamativo color verde, gimoteaba una vieja. Sobre su cabellera, cana y crespa, se sostenía a duras penas un pañuelo con las puntas ligeramente retorcidas. Tenía la mirada oscura y tan lejana que sus pupilas parecían estar observándote desde el faro de Alejandría. No se inmutó ante mi presencia. Se limitó a alzar los brazos y manosear las puntas de su pañuelo, como si con ese gesto estuviera ajustando la sintonía de su dolor. Golpeé con los nudillos pero no obtuve respuesta, entonces empujé la puerta despacio, igual que si estuviese quitándome de encima a un pariente. De pronto un frío pirenaico me dio la bienvenida. Olía a romero y a paella, a tomates pelados y a colonia de lavanda. Un silencio sospechoso reinaba en el hogar, huérfano ahora de cariño. No sabía qué hacer. Estuve largo rato clavada a las baldosas del suelo, un mosaico de otro tiempo, sucio y descolorido, un pedacito de alegría marchita que me recordó todo aquello que jamás llegaría a poseer. Justo cuando comenzaba a desesperar escuché una voz, imperativa y ardiente, de úlcera de estómago.

            —Tuerza a la derecha y camine de frente. Tenga cuidado con las cajas y evite al perro; no muerde pero ladra como un condenado. Estoy hasta los cojones del perro —escupió.

            No dudé en seguir sus instrucciones. El perro, que respondía al nombre de bandido, era un caniche amarillento, de dentadura escasa y andares renqueantes, como si viniera de haber atravesado el desierto del Gobi. Ladraba sí, pero con un cansancio de siglos, sentado sobre sus patas traseras, con el rabo en continuo movimiento mientras una mosca rondaba incesante su cabeza achatada.

         Jacinta se encontraba al fondo, en una alcoba de dimensiones gigantescas, un pequeño palacete levantino que amenazaba ruina y olvido.

         —Mañana esto será un centro comercial o una supermercado para merluzos —la voz volvió a destapar su rotundidad.

         Era un hombre de una fealdad conmovedora, de estatura media y espaldas anchas, de esas que acostumbran a cargar patatas y desdichas.

         —Se preguntará quién coño soy.

         —¿Su hijo, tal vez? —me atreví a decir con una timidez mayúscula.

         El extraño sonrió para dentro, con esa alegría íntima que se guarda en las entrañas.

         —Veo que tiene usted buen ojo.

         —Es lo normal en estos casos —dije deshaciéndome de bandido.

         El hombre sacudió la cabeza contrariado.

         —Supongo que sí —hizo una pausa y se incorporó, no sin antes echar un vistazo al cadáver de Jacinta.

         —¿La mandan los de la constructora o los del ayuntamiento? Porque si es así, ha hecho usted el viaje en balde. Mi respuesta sigue siendo la misma: que le den morcilla a todos.

         —Soy periodista —susurré.

         —Acabáramos.

         El sonido inoportuno y festivo de un móvil hizo añicos el duelo.

         —Ya estuvieron aquí los de la prensa y se pusieron las botas haciendo fotos. A mi madre le gustaba mucho que la retrataran, de esa forma se sentía importante.

         Hice un amago de acercarme a Jacinta. El móvil continuaba sonando en el interior del bolsillo del hombre.

         —¿No va a cogerlo?

         —Sea lo que sea puede esperar. Para mí los muertos tienen prioridad en la vida. Ya tendremos tiempo de sepultar después su memoria.

         La melodía ahora se hacía más apremiante, como si estuviera acelerando las notas. Sentí ganas de abalanzarme contra el hombre y apoderarme de su teléfono. Debió notar mi impaciencia porque me miró divertido, con esa languidez del que nada espera.

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Monday, December 3, 2007

Un tratado intratable


“Un tratado intratable”, obra de Ubé

—Señores compórtense por favor —pidió una voz chiquita—. Se trata de un acuerdo. Es necesario que lleguemos de inmediato a un acuerdo. De no ser así nuestra sociedad corre un grave peligro —volvió a decir aquella voz que parecía salir de una aceituna.

Los hombres de las pajaritas amarillas dejaron su escaramuza a un lado y se giraron sincronizados hacia el hombre de la voz chiquita.

—Señor Braulio —dijo un caballero al fondo—. Es imposible que estos caballeros entre los que debo incluirme lleguen a un acuerdo. Se trata de un trato intratable —afirmó soltando pequeñas gotas de saliva.

El resto de caballeros por primera vez en toda la mañana estuvieron de acuerdo con la exposición del caballero acalorado del fondo.

—¡Intolerable! —gritó uno.

—¡Inaudito! —apostilló otro.

—¡Imposible! —se reafirmó otro aún.

—¡Impensable! —dijeron a coro tres caballeros de mediana edad.

—Señores, por favor, compórtense —volvió a pedir el de la voz chiquita abriéndose paso entre el barullo de los caballeros de las pajaritas amarillas—. Están ustedes incurriendo en una grave falta contra las normas de nuestra sociedad. Su cabezonería es francamente injustificable, señores; su negativa poco tiene que ver con la razón, mucho menos con la sensatez. Les ruego que mediten sobre su postura y rectifiquen ahora que están a tiempo —y su voz pequeña creció un par de centímetros a lo ancho.

Murmullos de indignación surgieron de las gargantas atenazadas por las pajaritas amarillas que, inopinadamente, se propagaron por la sala de reuniones de la sociedad M.

El caballero del fondo sonrió suavemente. Tenía una sonrisa acariciadora, de esas que dan ganas de tocar para cerciorarse de su existencia.

—Señor Braulio —comenzó a decir con benevolencia—, no estamos aquí para acatar las normas de la sociedad ciegamente. Como usted comprenderá en cualquier momento podemos abrazar nuestros derechos. Y entre los muchos derechos que esta insigne sociedad proporciona a sus socios está naturalmente la de mostrar desacuerdo.

—¡Es intolerable! —se escuchó.

—¡Inaudito!

—¡Imposible!

—¡Impensable!

—Señores, déjenme hacerles una pregunta —la voz chiquita iba creciendo y creciendo hasta alcanzar una estatura socialmente aceptable—. ¿Se han leído ustedes el tratado?

Los rostros de los caballeros de las pajaritas amarillas se contrajeron. Así, sumidos en un profundo silencio, adoptaron automáticamente posturas que invitaban a la reflexión desde sus cómodos sillones; unos enarcaban las cejas, otros arrugaban en ceño, los más atrevidos se mesaban los cabellos, circunspectos.

Como nadie respondía la pregunta del señor Braulio dieron por concluida la asamblea.

El tratado se aprobó por mayoría aunque pasaron muchos años hasta que los caballeros de las pajaritas amarillas se decidieran a leerlo, justo cuando comenzaba a perder su vigencia.

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Wednesday, November 7, 2007

El cadáver

 

“El cadáver”, obra de Ubé

Le cerró los ojos y le vistió con su mejor traje, después se fue a la cocina dejándolo solo, para prepararse algo de comer. La última frase que le dijo fue “quiero que te vayas de aquí”. Antonio era un hombre obediente, así que dando un largo y hondo suspiro se marchó de la casa de la calle del consuelo dejando su cadáver de hombre complaciente. Cuando regresó al salón le susurró al oído: “Quiero que te quedes”. Han pasado dos años. Antonio continúa allí, quietecito en el sofá con su traje de domingo. Ya no hay muertos que se quedan.

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Tuesday, October 30, 2007

Curiosidad a la carta

Marina había escrito una carta a Pilar, en ella le contaba sus vacaciones a Venecia.

            “Una lata, rica”, decía en cinco líneas.

            La guardó en su bolsillo pero al jugar a la comba, en el patio de la plaza, se le cayó justo cuando había logrado superar el tocino.

            Álvaro, su vecino, la recogió.

            La leyó a solas, en el parque.

            “Una lata , rica”, decía en línea y media.

            Y al levantarse del banco, se le olvidó.

            Elvira, una estudiante de arte, la recogió sin querer, la puso junto a sus dibujos de carboncillo donde Venecia pasó a convertirse en San Petersburgo.

            “Una lata, rica”, decía en tres renglones muertos de frío.

            De camino al médico se escapó de su carpeta yendo a parar a los pies de un turista alemán, que sin entender ni papa leyó de corrido:

            “Una lata, rica”, eso decía en el margen derecho, tirano como él solo.

            De vuelta a su país, abandonó la carta en un servicio, allí un académico la confundió con papel higiénico, pero como tenía la costumbre de leerlo todo, sentado en el retrete murmuró para sí:

            —Una lata, rica —eso justamente era lo que decía, el renglón octavo con una letra de historia interminable.

            Quiso descifrar el enigma y se la mostró a su esposa, una filóloga austriaca que se la metió en la maleta y viajó con ella hasta Suiza. En la montaña el viento le birló la carta. Esta vez se la encontró un inspector de hacienda.

            —Habrá que investigar las latas —se dijo, pasando una a una a sus cuñadas por la aduana. Cuando le tocó el turno a Merceditas, la alarma pitó. Tuvieron que dejarla en el aeropuerto una semana, hasta que un vuelo charter de estudiantes de arqueología la condujo hasta Roma. En las ruinas del Coliseo se perdió Merceditas, la carta pasó a manos de un romántico que en Venecia la arrojó al canal.

            “Una lata, rica”, decía la posdata calada hasta los huesos de un amor ajeno.

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Wednesday, October 24, 2007

El señor del arcón


 


Antoñita giró su silla hacia la derecha, después tomó el pasillo de la izquierda, el que desembocaba directamente en la sala de mapas. Los recientes acontecimientos habían acelerado sus planes. Ya nada importaba tanto como presentar a su padre en sociedad. Desde que Norberto Solís se decidiera a habitar nuevamente este mundo, la curiosidad popular no había dejado de azotarla con una insolencia desmesurada.

Eran las cinco en punto de la tarde. Un olor a café recién hecho se propagó por el museo. Las aletas de su nariz se movieron ávidas, su aroma le dio fuerzas para empujar la silla que como de costumbre se había quedado encasquillada a la altura del arcón.

—Vamos deja de hacerme la puñeta —exclamó Antoñita tirando con fuerza.

Tras un breve forcejeo logró ponerse en marcha. La tapa del arcón se cerró con estrépito guardando en su interior todos los secretos que aquella noche quedarían al fin al descubierto. Recorrió despacio las diversas estancias del museo. Nadie lo visitaba desde hacía años; tan sólo, de vez en cuando, se acercaba algún turista atraído por la leyenda que tiempo atrás había teñido el pueblo de misterio y que se refería, naturalmente, a la existencia estéril de Norberto Solís, más conocido como el señor del arcón.

Antoñita pasó junto al retrato de la Generala Tomasa y lo observó con detenimiento. Desde un marco historiado aquella mujer miraba con la arrogancia de una duquesa; tenía el pelo recogido en la nuca, la nariz de un cóndor y los labios fruncidos en un mohín de disgusto. La generala Tomasa no supo jamás lo que era la felicidad, excepto cuando subida a lomos de su caballo percherón recorría el páramo en busca de un enemigo imaginario. De su boca chiquita y dictatorial escapaban constantes palabras de agravio y en su ofensa galopaba como poseída hasta caer exhausta en el riachuelo que dividía en dos la comarca. Las lenguas más desvergonzadas vitupendiaban a lo loco a la generala Tomasa, a la que no dudaban en adjudicar extravagantes romances, algunos de los cuales eran protagonizados por el mismísimo diablo.

—Hay quien la ha visto volar encima de una alfombra de esparto, con el pelo suelto y unas medias de lana gorda —afirmaba una rodeándose la cintura con sus brazos de araña.

—¡Ahí es nada! —exclamaba otra arrugando el ceño.

—Yo podría jurar que cuando hay luna llena se convierte en dragona y anda por el pueblo escupiendo una niebla espesa que no hace sino sumirnos en un soberano aburrimiento.

El cuadro de la generala Tomasa se inclinó hacia la izquierda, su nariz de cóndor pareció alzarse desafiante retando desde el infierno a todo aquel que se le pusiera por delante. Antoñita volvió a colocarlo en su sitio.

—No eres más que una Lilith cualquiera —murmuró maniobrando la silla.

A lo lejos escuchó unos pasos. Era Fuensanta, la bibliotecaria. Sostenía entre sus manos finas una bandeja de proporciones gigantescas que se balanceaba igual que un bote a la deriva, amenazando con derribar al suelo su contenido.

—Traigo el café —dijo con su voz de sirena acatarrada—. Está mal que lo diga pero me ha salido riquísimo, en su punto, ni fu ni fa, como a ti te gusta.

Antoñita tomó la taza y dio un sorbo largo, silbando para adentro. A veces daba la sensación de que aquella mujer se bebía el mundo.

—Esta noche sería mejor que encerraras en el depósito la calavera del explorador Andrés. Ya sabes lo que le gustan los saraos.

—¿Por qué en el depósito? Lo tengo a rebosar de momias asturianas y de reliquias neoclásicas, por no mencionar los pechos incorruptos de la madre Ederlinda, el brazo santo del charcutero Alfonso, la lengua arpía de todas las vecindonas y las nalgas tersas de aquel mozo que murió en el bosque a manos de la Genara y que cada domingo se escapaban como alma endiablada a bailar un rock and roll a la plaza del pueblo. No, Antoñita. En el depósito no cabe siquiera la cabeza reducida de un indio cheroky.

—Es el único lugar seguro.

Fuensanta dejó escapar un suspiro fenomenal.

—De acuerdo, pero no me responsabilizo de las fugas. Hay demasiada expectación esta noche —y recogiendo las tazas, le dio la espalda, arrastrando con pereza sus tacones sobre las viejas baldosas.

A solas, Antoñita rememoró el reencuentro con su padre, acontecido el día anterior. En el mismo instante en que Norberto Solís regresaba a la vida, el brazo santo del charcutero Alfonso acariciaba los pechos incorruptos de la madre Ederlinda.

—No es momento éste, fulano mío, para ir atropellando a las Evas —farfulló una momia venida a más.

Se descongeló en un santiamén. Norberto Solís movió sus miembros entumecidos uno a uno, primero los dedos de la mano, después los de los pies y poco a poco comenzó a hacer rotaciones con los tobillos sintiendo sus huesos crujir. Ladeó el cuello y se topó con un pollo, al intentar estirar una pierna se le cayó encima una bolsa de guisantes y un par de filetes de lomo. Los arrojó a un lado y acomodándose en un rincón, lanzó un bostezo infinito. Su aliento flotó en el arcón como si fuera el humo de cien cigarrillos. Levantó la tapa y se asomó al exterior, temeroso. Le temblaba el ánimo. Al depositar un pie en el suelo el agua que contenían sus pantalones comenzó a gotear, formando un charco a su alrededor.

—Buenos tardes, papá —lo saludó Antoñita desde su silla recién lavada.

—Buenos tardes, señora ¿se puede saber quién es usted? —preguntó arrugando sus cejas anchas, de tejón.

—Soy Antoñita, tu hija pequeña.

Norberto Solís no recordaba tener una hija de edad semejante. La última vez que vio a su Antoñita, llevaba minifalda.

—Perdone, pero no comprendo…

—Es natural papi —contestó acercando su silla al arcón—, has estado sesenta y cinco años metido en el arcón.

Norberto Solís se tensó. Su pecho, tan apacible antaño, empezó a notar los latidos frenéticos de un corazón que creía dormido para siempre.

—¡Dios santo! Y parece que fue ayer cuando tomé la decisión de poner rumbo a lo desconocido.

—El tiempo no perdona, papá. Ni siquiera a los que se empeñan en aletargar sus sueños.

El hombre del arcón desplegó su primera sonrisa del día. Era ésta húmeda y desconfiada, una alegría que venía caducada.

—¿Dónde estamos? —quiso saber, mirando en torno suyo con curiosidad.

Antoñita activó su silla. Las ruedas patinaron sobre las baldosas, igual que si fuera un bólido a punto de iniciar una carrera suicida.

—Mamá y yo decidimos traerte aquí después de esperar en vano tu regreso durante cinco años. Sabíamos lo mucho que te gustaba ser el centro de atención y decidimos convertirte en una celebridad pasajera, trasladando tu cabezonería al museo local. En tiempos fuiste nuestra mayor atracción, hasta que llegaron las cabezas reducidas de políticos sin nombre y las máscaras africanas con poderes inexactos, que no hacen otra cosa que burlarse de los visitantes con una exquisitez empalagosa mientras no dejan de canturrear villancicos navideños.

Un escalofrío atravesó el cuerpo helado de Norberto Solís de parte a parte.

—Será mejor que te pongas ropa seca. En la sala de mapas guardo tu traje preferido. Estaba convencida de que tarde o temprano entrarías en razón. El mundo necesita a hombres como tú. Inconstantes e interesados. Hombres que estén dispuestos a entregar sus vidas por ninguna causa.

—No conozco mejor sacrificio que vivir al tuntún.

Los ojos de Antoñita se empañaron por las lágrimas y así, con el horizonte nublado por una emoción fingida se adentró hacia la sala de mapas con el señor del arcón a su lado, dejando sobre las baldosas un rastro de caracol.

Una réplica exacta del hombre más alto del mundo les dio la bienvenida. Andaba encorvado, meneando incesante sus brazos de remo que parecían hacer picadillo el aire a cada instante.

Del interior de una bola del mundo gigantesca, Antoñita extrajo el traje de lino blanco de Norberto Solís. Después, el hombre más alto del mundo le colocó un sombrero de ala ancha sobre su cabeza mojada.

—Déjanos solos Aquilino —su voz sonó rotunda, de comandante en jefe.

—Sí, señorita —contestó obediente Pantagruel, inclinando aún más su cuerpo colosal.

—Esta noche el mundo entero estará pendiente de tus palabras. Todos querrán conocer el más allá sin moverse del sitio.

Norberto Solís carraspeó. Las palabras se habían ahogado en su garganta y en su mente el desasosiego iba y venía a su antojo. Invocaba el más allá en su recuerdo, pero éste se negaba a mostrarle una imagen nítida de los sesenta y cinco años pasados en letargo. En su interior llegó a temer que todo hubiera sido una farsa.

—Hay gente que siempre ha estado más allá que acá —dijo al fin.

Antoñita lo miró circunspecta.

—Pero ellos no han pasado sesenta y cinco años metidos en un arcón.

Norberto Solís se probó el traje blanco de lino. Las axilas le tiraban y los pantalones se le habían quedado cortos. Simulaba ahora un fantoche embutido a la fuerza en unas galas ajenas, un pobre hombre de hoy con la dignidad estrecha de ayer.

—¡Maravilloso! —exclamó Antoñita entrecerrando sus ojos de lince. Y de súbito hizo girar la silla alrededor de la bola del mundo, igual que si fuera un satélite alocado. Su padre la contempló con gesto severo, intentando adivinar en el rostro acartonado de aquella desconocida las delicadas facciones de su Antoñita.

—¿Cuántos años tiene usted? —le preguntó cuando comenzaba la octava vuelta.

Antoñita sonrió con arrobo, la velocidad había dividido en dos sus intenciones y ahora lucía una faz casi casi diabólica, similar a la de la generala Tomasa cuando galopaba a lomos de su caballo percherón por el páramo.

—Acabo de cumplir ochenta y cinco —y su boca se cerró lo mismo que una flor de cementerio.

Norberto Solís quiso sentir lástima, pero su corazón todavía se empeñaba en mantener congelados sus sentimientos. Se encogió de hombros y le dio la espalda. Antoñita frenó la silla en seco y, jadeante, clavó sus ojos en el Bósforo, vacíos como los de una estatua griega.

Una mujer chiquita con un gramófono colgado en su oreja izquierda emergió del fondo de un baúl. Se guardaban en él todos los recuerdos del mañana. Venía con una sonrisa recién estrenada, amplia e inmaculada, y tarareaba noticias desastrosas que hablaban del fin de todos los mundos. Antoñita habló con frialdad.

—¿Qué sucede, Casiana?

—Los periodistas ya están aquí. Han instalado sus cámaras en la sala de armas y se ha montado la de Cristo es rey. El explorador Andrés les ha relatado doce veces la historia de su vida, que no es otra que la de haber muerto de la manera más tonta cuando apenas comenzaba a vivir, mientras que las cabezas reducidas se insultaban con inquina las unas a las otras, aumentando considerablemente el volumen de su sinvergonzonería. Ya han conseguido cuatro exclusivas en una revista culinaria y amenazan con enfrentarse en un plató de televisión cinco veces por semana para contar en directo las vicisitudes de una cabeza de chorlito como Dios manda. Un verdadero caos, Antoñita —voceó con satisfacción.

El señor del arcón contempló a aquella extraña criatura durante largo rato, después se acercó a ella con sigilo, sin apartar los ojos del gramófono desde donde se escapaban las notas funestas de un pasodoble. A la que quiso darse cuenta se encontraba en brazos de Fuensanta, la bibliotecaria, que pegaba su cuerpo al suyo buscando con candor su contacto helado.

—Baila usted como un calamar —le dijo haciéndose la veinteañera—. Nunca había bailado con una celebridad congelada. Me estremezco de emoción —y fingió que le daba un calambre en el tobillo para apretar aún más su cuerpo contra el hombre—. ¿Es cierto que se metió en un arcón porque estaba harto del mundo? ¿Cree que el mundo tiene remedio? ¿Cómo se siente habitando dos mundos al mismo tiempo? ¿Hay que estar más allá que acá para entender el mundo? ¿Hay otros mundos más interesantes que el nuestro? ¿Giramos alrededor de un mundo equivocado? Hábleme de su mundo, no mejor, dibújeme un mundo nuevo ¿Si congelamos nuestros corazones accederemos a un mundo mejor? —e inmediatamente cayó fulminada al suelo, igual que se la hubiera atravesado un rayo.

El hombre más alto del mundo llegó en su auxilio y poniendo en movimiento sus brazos de remo, recogió a aquel ser indefenso de las baldosas, transportándolo con sumo cuidado al depósito. Allí, los pechos incorruptos de la madre Ederlinda le dieron la bienvenida, y unas bocas maldicientes le insuflaron el aire necesario para devolverla a la vida.

—Un paso más y te corto el dedo gordo, so bacalao —le dijo al brazo santo del charcutero Alfonso cuando éste intentaba trepar por sus nalgas.

Casiana había desaparecido de la sala de mapas haciendo sonar con fuerza su gramófono. Se marchó sin prisa, dando pequeños saltos entre una noticia terrible y otra más terrible aún. Junto a la bola del mundo gigantesca, Norberto Solís continuaba digiriendo pensamientos.

—Papi, ha llegado el momento de ser más que nadie —le dijo Antoñita interrumpiendo su concentración—. Tienes la obligación de contarle al mundo tu viaje a ninguna parte.

Hablaba con una voz suave, de clavel chino, y sin embargo en sus ojos de lince titilaba una soberbia de siglos.

—Recuerda que ahora eres un ser extraordinario, alguien que ha decidido regresar del más allá para darse la gran vida acá. La gente te venerará sólo por eso, hará cola para escuchar tus palabras huecas, estampará tu imagen en camisetas, adoptará tu estilo insulso, se fotografiará en el arcón con su familia, querrá comprar un chalet junto al museo y no dudará en bautizar a sus hijos con tu nombre. Y yo estaré contigo para compartir el peso de este triunfo banal. Nos alzaremos con un protagonismo perecedero y habremos al fin conseguido pasar a la posteridad —afirmó con la rotundidad de un césar—. Algún día nos levantarán una estatua en la plaza y nuestros rostros se encerrarán en marcos historiados desde donde podremos competir en arrogancia con la generala Tomasa. El pueblo nos forjará una leyenda estúpida que traspasará todas las fronteras imaginables ¿No te parece magnífico? —le preguntó con las mejillas rubicundas.

Norberto Solís había permanecido impertérrito. Por sus venas comenzaba a bullir la rebeldía de años atrás, cuando decidió enterrarse en el hielo. Definitivamente el mundo continuaba siendo el mismo. No sentía la necesidad de compartir con extraños el largo sueño de los que no esperan nada. Se preguntó en silencio si acaso la única vida verdadera estaba en el arcón y vinieron a su mente las imágenes vacías de su letargo, y recordó sentirse nadie rodeado de gambas muertas y trozos de pollos arrancados a la razón. Por primera vez añoró la existencia que no tuvo y se compadeció de los que habitaban en un mar de embustes haciéndose cada día más y más insignificantes, unos monstruos que debían encerrarse en el sótano de todos los pensamientos que todavía estaban por mancillar. No, Norberto Solís no estaba dispuesto a compartir su secreto.

Poco a poco se fue despojando del traje de lino hasta quedar desnudo ante los ojos asombrados de Antoñita que creyó ver en la palidez de su piel el reflejo del mismísimo demonio. Sin mediar palabra caminó en dirección al arcón. No hubo despedidas, Norberto Solís apenas reconocía a aquella extraña que giraba su silla con la fiereza de un puma.

Cruzó la sala de mapas, giró a la izquierda y se tropezó con el hombre más alto del mundo que inclinó su cuerpo colosal a modo de saludo. Norberto, de un salto, le colocó el sombrero de ala ancha. Pantagruel sonrió mostrando una dentadura penibética donde un matrimonio de jubilados paseaba cogidos de la mano recordando su felicidad a medias.

Abrió la tapa del arcón e introdujo una pierna. La generala Tomasa seguía sus movimientos expectante, arrugando su nariz de cóndor mientras las lenguas más desvergonzadas insistían en su letanía.

—Hay quien la ha visto volar encima de una alfombra de esparto, con el pelo suelto y unas medias de lana gorda —afirmaba una rodeándose la cintura con sus brazos de araña.

—¡Ahí es nada! —exclamaba otra frunciendo el ceño.

—Yo podría jurar que cuando hay luna llena se convierte en dragona y anda por el pueblo escupiendo una niebla espesa que no hace sino sumirnos en un soberano aburrimiento.

Desde el sótano llegaban las protestas acaloradas de Antoñita. Casiana se encargó personalmente de propagarlas a través de su oído izquierdo donde el gramófono escupía los reproches al son de un bolero.

—Papi, no me dejes sola —rogaba—, me volveré a poner minifalda, te lo prometo… —se lamentaba la desdichada.

En la sala de armas reinaba la calma.

Ya nadie recordaba al señor del arcón.

Un hombre con dos pupilas filmó en el último momento la descomposición del brazo santo del charcutero Alfonso. Los pechos incorruptos de la madre Ederlinda aparecieron semanas después en las portadas de todas las revistas.

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Sunday, October 7, 2007

El dragón del lago

Cascada junto a la ermita de Santa Elena, cercana a Biescas y junto al río Gállego.
 
 
Aquella mañana la niebla lo cubría todo, el tejado de las casas, los cipreses de la iglesia e incluso el lago. Daba la sensación de que nada existiera excepto esa blancura densa, como si de pronto hubiese llegado al pueblo un dragón y al abrir sus fauces soplara de fastidio. El aliento de los dragones lo echa todo a perder, también las ventanas de la escuela, y el peinado de Paquita, la profe de mates.

—Vamos a ver niños, ¿cinco y diecisiete? —pregunta intentando divisar el horizonte a través de la niebla.

Nadie contesta, sólo Fermín hace un intento flojo por sumar en el aire.

Se escucha el murmullo de los niños al fondo, al lado del perchero, y sus narices pegadas al cristal escupen un aire caliente que de vez en cuando se mezcla con la niebla dándole el color del melocotón helado.

—¡Ha desaparecido el lago! —exclamo Tomás con los ojos como platos.

—¿Cinco y treinta y seis? —vuelve a preguntar la señorita Paquita.

Fermín abandona su pupitre y avanza hacia la ventana.

—Si ha desaparecido el lago no podremos bañarnos los domingos.

—Es verdad —dijo Tomás—. Ni mi madre hará esa tortilla de patata tan rica para comerla en la orilla.

Una niña rubia comenzó a lloriquear, era Susana, la hija del barquero.

—Y mi padre se quedará sin trabajo —se lamentó, la pobre.

Inmediatamente Fermín se propuso rescatar al lago del aliento del dragón.

—Lo primero que haremos será cerrar su boca.

—¿Y cómo se cierra la boca de un dragón imaginario?

—¿Cinco y setenta cuatro? —dice la profe de mates con un aburrimiento de raíz cuadrada.

—Seguidme.

Al pasar junto a ella, Fermín le dice:

—Setenta y nueve y medio.

Fuera el frío los hizo agruparse.

—¿Y cómo encontraremos al dragón?

—Él nos encontrará a nosotros.

Caminaron hasta el lago, en fila india, atentos a cualquier ruido extraño, sorteando ramas, charcos y hasta a una mujer pequeña, la señora Claudia, la lavandera.

—¡Malditos críos! —escupió alejándose con paso ligero.

Fermín miraba en derredor con los puños apretados, de pronto escuchó un bostezo. La niebla se hizo más densa, envolviéndolos a todos. Susana lloró más fuerte.

—Ahí está —dijo Fermín—, encima de aquel árbol.

Miraron los niños y no vieron nada, sólo una espesura antipática.

—No os quedéis ahí como pasmarotes. Trepad conmigo hasta el árbol y cerrémosle la boca al dragón.

Tomás se rascó la oreja.

—Aquí no hay nada.

El resto comenzó a protestar.

—Escuchadme bien, tenéis que abrir el corazón, sólo así podréis verlo.

Entonces, como si fuese magia, ante sus ojos apareció aquella criatura insolente. Treparon hasta su cabeza y aprovechando que dormía, cerraron de golpe su boca, hasta que el dragón mordió la rabia y desapareció llevándose con él aquel manto blanquecino.

En la escuela, Paquita, la profe de mates, les preguntó:

—¿Ciento veinte y tres décimas de cinco?

Los niños vieron asustados que de su nariz comenzaba a salir un aliento blanquecino que inmediatamente cubrió el tejado de las casas, los cipreses de la iglesia e incluso el lago.
 

 

 

Angélica Morales en el interior de la “cueva del dragón”,
en la cascada de la ermita de Santa Elena (Biescas), documentándose para el relato.

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Friday, September 28, 2007

El espejo de Teresa

 

“El espejo de Teresa”, obra de Ubé 

Teresa hacía años que no se encontraba. Rehusaba mirarse en los espejos porque siempre le devolvía una imagen que no era la suya. Aquella desconocida bebía té los domingos absorbiendo el líquido entre sus dientes que ya estaban amarillentos de tanto filtrar los posos; luego, arrojaba la taza sobre la mesa, con rapidez, como si de pronto la fina porcelana se hubiera transformado en brasas. No había transición en sus acciones; así, a una le seguía otra, y la desconocía reía sin motivo aparente, con carcajadas sonoras mientras se palmeaba el muslo y eructaba después por lo bajo, como pidiendo disculpas por su escandaloso comportamiento. Apenas se movía de su silla, de vez en cuando miraba por la ventana a la gente pasar y los saludaba con un silbido, igual que los pastores llaman al orden a sus ovejas. Nadie contestaba, miraban hacia arriba y no reconocían a la mujer que hacía aspavientos y se reía estrepitosamente. Esa no era Teresa, pensaban, aunque tenga su mismo aspecto. Al caer la noche, la desconocida abandonaba el cuerpo de Teresa, se desprendía de su carne sin hacer ruido y se fundía con el trajín de la calle, con el clamor del gentío, con los llantos de los niños y los gemidos de los amantes. Entonces Teresa se despertaba con la respiración agitada, buscando en la oscuridad a la desconocida que bebía té los domingos y eructaba por lo bajini. Se tranquilizó al darse cuenta de que de nuevo había sido victima de una pesadilla. Se debió quedar dormida de madrugada justo en el momento en que anunciaban en la televisión un juego de té de porcelana china.

Una tarde de invierno salió a pasear por la avenida y se topó de frente con un inmenso espejo que portaban dos jóvenes. Alzó los ojos y se encontró con ella misma. La desconocida la saludó con la mano, después emitió dos sonoras carcajadas al tiempo que se palmeaba el muslo. Era casi una anciana, tenía los dientes amarillentos y le daba sorbitos a una taza de fina porcelana china.

Teresa movió la cabeza, la desconocida también. Teresa dio dos pasos, la desconocida tres. Se quedaron una frente a la otra largo rato, esperando a que el semáforo cambiara de color. Cuando estuvo en verde los jóvenes aceleraron el paso. La desconocida se cayó del espejo y el juego de porcelana china se hizo añicos en el asfalto.

Teresa la miró con compasión.

—Ya no saben qué inventar para obligarte a comprar juegos de té de porcelana china.

Y con el fragor de su risa se alejó por la avenida. Durante todo el trayecto no dejó de palmearse el muslo.

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Friday, September 7, 2007

Un libro tatuado

 

Sí, ya lo he dicho cientos de veces, en todos los idiomas de la corona y de parte de los principados, condados y demás caseríos manchegos: Soy una mujer de mi tiempo, aristocrática y a la par discreta. Soy así de eficaz, lo combino todo a la perfección, tengo fondo y no de armario precisamente, me refiero al fondo interior, tan interno que no se ve ni se nota y mucho menos se mueve. Está quietecito ahí, en el fondo abismal. Da miedo asomarse a mis abismos, a mí producen vértigos y cefaleas. A pesar de todo me considero una mujer normal, dentro de la relatividad que nos normaliza a todas.

(Pausa)

Estoy mintiendo, naturalmente; las de mi clase lo hacemos continuamente, mentir y operarnos del rictus facial que con el tiempo se nos endurece y nos da un aspecto de musa estreñida. Afortunadamente yo estoy en esa edad indefinida que podría oscilar entre los treinta y los ciento veinte. No me quejo ni pienso quejarme en la vida. A nosotras se nos educa para sufrir y para que nos hagan genuflexiones, aunque yo me retuerzo mucho en el gimnasio, pero lo hago por voluntad propia. Soy una princesa moderna, y estoy tatuada. No me avergüenzo de ello. Tengo en la nalga derecha tatuados los dos primeros tomos de la Espasa-Calpe con ilustraciones y todo. Para que luego digan que no hay cultura en las cunas reales. Yo me he criado en una biblioteca con vistas al mar. Mi padre el rey y yo leíamos mucho, cuando íbamos a recorrer el país con nuestro coche oficial nos gustaba leer todo lo que encontrábamos a nuestro paso: “se venden caracoles” “Rebollones aquí”, “Tonto el que lo lea”. La cultura va intrínseca en las sagas reales. Mi tatarabuelo se quedó ciego de tanto leer, pero como lo hacía a la luz de las velas no pasaba de los dos renglones. Así que no sé porque se ha formado tanto alboroto con eso de mi tatuaje enciclopédico. La verdad es que al principio dudé entre la Espasa y la enciclopedia de la decoración, pero al final me decidí por la primera que era más de fiar y te puede sacar de un apuro. Mis amigas, aristocráticas también, se han dejado seducir por la lectura. Lo leen todo: el menú del día, las ofertas del mercadona… pero sobre todo leen los mensajes del móvil. Eso, además de alimentar su espíritu, fomentar su personalidad y agrandar sus horizontes, ha despertado en ellas sus ansías literarias. Porque ahora escriben. Sí, escriben mensajes tan profundos como los que reciben o incluso más. Mari Carolina de Hausburgo va a publicar en breve sus mensajes telefónicos. Esta misma mañana me ha dejado ver su buzón y me he quedado francamente sorprendida. Algunos de ellos rozaban lo poético: “Quisiera ser mortadela para que me rellenaras los bajos de aceituna”, ese iba destinado al conde de Lavapiés. También reparé en uno muy filosófico que decía así: “Tía, no sé si irme a esquiar a Murcia, o tomar en sol en Ponferrada”, dirigido a la duquesa de la coliflor. Esto, claro está, ha despertado mi envidia y he tomado la decisión de ponerme manos a la obra literaria. Es falso eso que se dice que para escribir hay que tener algo que contar. ¡Qué estupidez!, yo no tengo absolutamente nada que contar y sin embargo mucho que escribir. Me paso el día estampando mi firma en las facturas de la visa oro. Escribiré mis memorias aunque no me acuerde de nada. Lo importante es que la gente sepa que nosotros, los miembros de casas, mansiones y palacios reales, también leemos como cualquier súbdito nuestro. Me indigna el mal trato que estamos recibiendo. Precisamente ayer se lo dije a mi intima amiga, Mary Jeny de Bourbón. “Mary”, le dije “esto se tiene que acabar, debemos limpiar nuestra imagen y dejarla impoluta”, a lo que ella me contestó sabiamente: “pues sí” Ahora si me disculpan debo irme, estoy sufriendo un ataque de inspiración. Inspirar, espirar, inspirar, espirar, inspirar, espirar…

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